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Silvia

Silvia
dip - Fotolia.com

Hoy llevaba un día de perros (me había acercado a casa para comer en el escaso tiempo de una hora)y no pude por menos que darle en la puerta en las narices a mi vecina Silvia, que la adoro, pero no estaba yo para zarandajas.

Silvia aparece aquí con cualquier excusa: dame café, dame azúcar. Dame, dame, dame. Y siempre o casi siempre le abrimos la puerta. Va agotada, con las ojeras hasta el suelo, fruto de criar sola a un tierno y rozagante niño de siete años y de trabajar de sol a sol en lo suyo: escribir, escribir y escribir. “Limpiar casas ya lo he hecho, lo que sea”, pero ahora ya empezaba a ganar más dinero con lo que escribía y decidió no tirar la toalla.

Silvia comentaba lo peligrosa que puede ser una madre al volante a las seis de la tarde intentando dormir a su rorro. Que las madres al volante a esa hora deberían estar prohibidas, que no entendía cómo no le habían quitado todos los puntos, que ella se levantaba a las siete de la mañana y lo único que calmaba al tierno infante era esa tournée vespertina, agotadora, después de once horas de jornada laboral.

Marga y yo nos hacemos ascuas. Pero cómo se le ocurre a la silvina ésta…tener un hijo sola, y nos reíamos y nos encantábamos de lo bien que estábamos nosotras solteras y solas, aunque nuestros trabajos respectivos nos tengan quemadas como chicharrones.

Pero Silvia siempre va cansada, delgada por mucho que coma, pero tiene un brillo de verdad en su mirada, un asomo de certeza…que quizás algo se nos está escapando a las solteras de pro, o sea la Marga y yo.

Lucía Scoop

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