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Marga va a la playa II





Allí estábamos, con el coche tirado, en medio de la carretera de Valencia dirección a la playa. Marga se está animando con esto de ir a las playas a las que va la plebe, y el día de autos estrenaba bikini con pareo y shorts a juego. Me había hecho jurar que no había pedruscos en la playa, sí en cambio chiringuitos, y pasarela de madera para ella poder llevar sus estupendísimas cuñas anamórficas de madera, y así caminar con garbo sobre la arena.


playa


Marga es muy guapa. Pero mucho. Y yo cada día estoy más mona porque siempre me está dando cremas para probar y me hace el estilismo gratis; ya me lo han dicho en el curro que si me he contratado un personal shopper, sí, y la tengo en casa, y cogemos cosas del armario y me las pongo y ya está.

-No, Marga, métete eso en la cabeza, no podemos llamar a la policía nacional para que nos cambien una rueda. Te van a mandar a escardar.
- Y entonces ¿qué? Nadie coge el teléfono: ni los del seguro, ni la policía local, ché.

Y ni corta ni perezosa, y haciendo caso omiso a los silbidos e increpaciones que debido a su refulgente aspecto iban cayendo como peras desde los camiones, marcó el 091.

Y antes de darnos siquiera cuenta, allí teníamos a la pareja de policías, que en cuanto vieron a Marga se quedaron flipados y se aprestaron a preguntarnos qué es lo que nos ocurría. Mientras Marga se lo explicaba todo con la mejor de sus sonrisas, yo pensaba: ahora es el momento en que nos mandan a escardar.

Pero todo lo contrario. De repente, veo que uno se empieza a arremangar las mangas, abobado por el influjo de Marga, y se dispone a cambiar la rueda, mientras el otro no hacía más que preguntarle a mi amiga que de dónde era y todas esas cosas que se dicen para ligar. Y Marga, tan contenta, aguantando el tipo y respondiendo a todo deshecha en mohines, mientras inocentemente se hacía bucles en el pelo con uno de sus dedos, como quien no quiere la cosa.

Yo ya no sabía para donde mirar, encantada y asombrada ante tanto descaro, cuando de pronto se nos para un autobús de línea enfrente y el conductor, desaforado y gritando como un poseso a través de la ventanilla, nos suelta: queeeeeeeeeeeé, a mí no me la cambiáis, eeeeeeeh?. Y yo pensé, pues claro que no, a ti no, mendrugo.

Una vez terminada la faena, los polis se despidieron de nosotras diciéndonos que era la última vez que nos cambiaban una rueda, y que no volviéramos a llamar por ese motivo, y Marga siguió sonriendo como si nada, y nos metimos en el coche directas para la playa.

Allí, descansando en las hamacas, no podía dejar de reírme observando a mi amiga, con una mezcla de risa, crítica, envidia sana y admiración. Todo eso junto, pero, Marguita, no me la vuelvas a hacer;D

Lucía Scoop







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