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Vicky Cristina Barcelona





Ayer fui a ver Vicky Cristina Barcelona, debido a varias causas-coincidencias muy interesantes: la dirección de Woody Allen, el hecho de que el dios Allen haya decidido elegir Barcelona (y España) como escenario de la película, y porque me fascinaba el poder ver a Scarlett Johansson, Javier Bardem y Penélope Cruz juntos.

cartel Vicky Cristina Barcelona

El cineasta neoyorquino se ha divertido mostrando sus sitios preferidos de la ciudad, (toda la película huele demasiado a encargo, aunque no hay que culpar a Barcelona por elegir un patrocinador así), mostrándonos como veranean los pudientes en Barcelona.


Pero al octavo escenario la película me empieza a resultar fragmentada e inconexa, llena de escenas independientes, cuyo único nexo de unión es la voz del narrador, que es quien lleva realmente el peso de la película, el que nos cuenta las tramas y lo que hacen y piensan los personajes. Un narrador que te permite ahorrarte muchos gastos de producción, y no tener que molestarte demasiado en dirigir a los actores.


Esta falta de dirección evidente la paga sobre todo el personaje de Javier Bardem, muy cohibido ante el hecho de que Woody Allen le esté dirigiendo, cuando se supone que es un pintor apasionado por su trabajo y por las mujeres (se liga las tres mujeres del filme como si se fuera a la oficina). No le he visto pasión por ningún lado, (pero quizás no es culpa suya) ni siquiera con el personaje de Maria Elena, personaje que se anuncia desde el principio de la película y que estás ansioso por ver.


Como digo, los mismos actores han confesado que Woody Allen apenas les daba directrices a la hora de actuar. Y se nota.


¿Lo mejor de la película? Sin duda, Penélope Cruz, la genial Maria Elena, la única capaz de provocar carcajadas y algo de desconcierto, aunque su papel es tan corto que le resulta imposible de todos modos salvar el ritmo tedioso que ha predominado (hasta ahora) en el filme.

Penelope Cruz, como Maria Elena

En las escenas que están juntas, nuestra Pe se come a Scarlett Johansson (cuyo papel no es muy lucido, al igual que el de su amiga americana Vicky, qué monas las dos, qué naturales, no se puede decir más). Pe ilumina la pantalla con su sola presencia en un papel secundario de lujo que ya huele a oscar a la mejor actriz secundaria.


Penélope ha dado sin que le pidan, ha ido mas allá de lo que Allen exigía. Sí, la llaman “Penélope la racial”, pero el personaje de Maria Elena tiene alma, y magia, y vida, lo único capaz de remover al espectador en la ultima media hora de película, que ya yacía medio adormilado en la butaca de la sala. Penélope por fin ha hecho clic consigo misma, ha sacado de sus muchos recursos para elaborar un papel adorable.



Desde luego, es una película que hay que ver. Como siempre con este director, me divierte que los temas de conversación giren en torno al talento, al cine, el arte, la fotografía, la música. El aire fresco siempre es bien recibido. Pero las conversaciones de Vicky Cristina Barcelona se convierten en meras menciones y no alcanzan la profundidad que he visto en otras peliculas de Allen. De pronto, hay una escena en la que Woody se siente comodo y que resulta absolutamente creible: cuando Vicky y su marido se encuentran con una pareja de amigos de Nueva York. La conversacion gira en torno a medios de reproduccion digital online de peliculas en aviones y diseñadores de interiores de lujo. Una conversacion totalmente neoyorquina, algo que Allen domina.


Leo por ahí que Scarlett y Penélope no hacen más que justificarse por besarse en la película, diciendo que fue “lo menos sexy que te puedas imaginar”. No entiendo esa necesidad de justificar ante la opinión publica ese tipo de escenas, ese tipo de censura a posteriori, a mi me demuestra que no había pasión en el set y eso resta credibilidad a la película. ¿Qué pasa con Woody Allen? ¿cuál ha sido la intención original del autor?, ¿mostrar pasión o sólo una serie de escenas costumbristas?.

A pesar de conocer esas declaraciones antes de ver la película, disfruto con el menage à quatre y el hecho de que todos se enrollen con todos es muy refrescante y liberador. A pesar de las (absurdas?) justificaciones de los actores, tengo muy claro que si pago una entrada de cine voy a disfrutar y si hay que activar la suspensión de incredulidad temporal, se activa. Yo quise creerme que los maravillosos rollos de amor eran posibles y salí del cine impregnada de una sensualidad gratificante.

Gracias por todo ello, Woody.






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