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Y yo más que tú





Marga ha venido hoy muy enfadada del instituto. Y con muchísima razón.

Resulta que estaba en la sala de profesores y Marga estaba tan contenta contándoles a sus compañeras más apreciadas el gran avance tecnológico que estaba suponiendo el gigantesco generador de partículas en busca del bosón de Higgs, o la “partícula-Dios”. Uno de los secretos mejor guardados de Marga es que se especializó en el último año de carrera en el periodismo científico y aprendió mucho sobre átomos, materia oscura y agujeros negros.

De pronto, dos compañeros (varones) han saltado como locos interviniendo en la conversación de forma abrupta, afirmando que el tal acelerador de partículas puede causar un agujero negro y engullir la Tierra, y que lo habían leído en el periódico.

Pero lo han dicho con tanta suficiencia y superioridad, que Marga les ha contestado impertérrita una por una las claves de que eso no se llegue a producir, con los que les ha dejado patidifusos, y que si también les molestaba que en ese tema ella supiera más que ellos. Los tíos se han largado más cabreados que una mona.



Marga y yo hemos discutido sobre esa típica necesidad masculina, tan ofensiva, de tener que basar su autoestima en la inferioridad que le infieren al otro. Lo cual es una base muy débil porque hay muchas mujeres que valen muchísimo en todas partes, así que lo tienen que pasar muy mal los pobrecitos encontrándose a tías de valía todos los días.

Vamos a ver, ¿dónde esta el problema?, le he dicho a Marga. Si te doy mil vueltas en ciertos asuntos, si claramente soy superior a ti en muchos sentidos, ¿qué te duele con eso? Hay que aceptarlo y ya está. Y luego está el fastidioso paternalismo que suele acompañar a su debilidad de autoestima: nena, te voy a iluminar con mi sapiencia, cuando el tío igual no vale un duro, aunque esté licenciado, porque como dice Marga por experiencia: la universidad española lo licencia todo.

En el transcurso de la discursión, también le he comentado a mi amiga que leí un libro de directoras de cine y que la mayoría aseguraba que la gran batalla que nos queda por ganar a las mujeres es la conquista de la autoestima, porque a ellas no se las ha valorado ni apoyado desde pequeñas, y le conté que lo de mi familia era bastante excepcional: mi abuela me gritaba desde la cuna que era brillante y modestia aparte, mi padre siempre ha comentado que soy la más inteligente de toda la familia. Así que a mí no me la pegan con queso cuatro descerebrados.

Y he seguido contándole a Marga que yo también me voy encontrando capullos por doquier, el último cuando asistí ayer a una rueda de prensa de una asociación que presentaba sus actividades. El conserje nos recibió a todas las periodistas con un “ay, pasa, nena”. Varias salimos cabreadas de allí. Estaría bueno, que venga un tío que no tiene ni la EGB, y te trate como a una niña y se atreva a decir esas gilipolleces. Yo les he comentado a mis compañeras que vamos a tener que colgarnos el c.v. a la espalda para que nos respeten un poco más.

Marga me ha dado las gracias por mis ánimos. Y hemos llegado a la conclusión de que, desgraciadamente, eso nos pasará un montón de veces todavía, porque muchos no se han enterado todavía de qué va la película.

Lucía Scoop

3 comentarios:

Anónimo

Hola Carmen: Al leer el post he recordado algo. Hace ya muchos años, viájabamos una compañera y yo a Barcelona en un Talgo para examinarnos de cátedras. Aprovechamos el trayecto para repasar un tema algo duro, Geomorfología del Pirineo. Frente a nosotras estaba sentado un señor mayor que, por lo que dedujimos después, pensaba al iniciar el viaje que iba a pegar la hebra cos dos chicas jóvenes y más bien monas. Cuando llegamos a la estación, nos habíamos empollado el tema pero el señor se despidió endilgándonos una sarta de insultos que no venían a cuento y nos dejó muy sorprendidas. Debió fastidiarle que hablásemos de algo que le debía sonar a chino. Añadió que mujeres como nosotras no encontraríamos jamás un novio, lo que nos dio risa (ambas estábamos casadas)y eso aún enfadó más al hombre, que salió por el pasillo despotricando más todavía. En fin.
Un cordial saludo.
Olga.

Rosa%Ricardo

Y lo peor no es la agresión, es que por culpa de esa competitividad la mujer se ha visto actuando como ellos, para sobrevivir en un mundo de hombres. Menos mal que de todo se aprende y se abre un precioso camino hacia la convivencia desde la aceptación de las diferencias. Donde los hombres tambien aprenden a ver el mundo con los ojos de una mujer y querer participar en su vida de esa visión. La esperanza que no se pierda, todas tenemos nuestra parcela de actuación, con generosidad, comprensión y amor. Vamos que hay que traerse el gato al agua.
Un beso

Carmen

Muchas gracias por vuestros comentarios. Creo que todas hemos tenido experiencias desagradables en ese sentido, pero hay que perseverar en lo que uno quiere y no escuchar a los perros que ladran en el camino. No hay que comportarse como un hombre, ya hemos demostrado de sobra que somos magnificas gestoras. El problema lo tienen ellos y no nosotras. Un abrazo para las dos

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