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Mis amigas Bartlebys





dos amigas
He decidido recolectar las conversaciones de mis amigas como hacía Virginia Woolf y sus amigos escritores con un amigo brillante del grupo de Bloomsbury que no se decidía a escribir, pero que todos los amigos se pusieron a ello porque el tío soltaba una brillantez detrás de otra y todos decidieron que sus palabras tenían que pasar a la posteridad. Quiero recolectar las conversaciones de mis amigas como hace Enrique Vila-Matas, cazador de conversaciones en el autobús, (y no sólo en el autobús). Decido dejar de ser una Bartleby en el concepto de este escritor, que amplía la definición de Herman Melville, llamando Bartleby al escritor que un día decide dejar de escribir, porque yo también dejé de escribir ficción hace mucho, y ahora vuelvo, pero decido ampliar yo también un poco más ese concepto (a mí me sirve) porque yo también veo Bartlebys en la gente brillante que no se decide a escribir.

A mí me alucina cuando Marga me alaba las ideas brillantes que aparecen por mis textos. Porque yo pienso que ella también tiene ideas geniales una detrás de otra, la única diferencia es que no se pone a escribirlas. Marga Rosales jamás tendrá un blog, así que no me queda más remedio que ser yo la que cuente su vida. Lo dice tan tranquila: yo no tengo nada que decir. Esa idea me perturba: el no tener nada que decir.

Creo no ser la primera en decidir que estoy rodeada de talento a raudales y que todo lo que estoy viviendo tiene que pasar a la posteridad de algún modo. Pero a veces pienso que mi afán recolector de frases, situaciones, no tiene nada que ver con la búsqueda de la fama. No sé por qué, necesito escribir esas frases, procesarlas, mascarlas, entenderlas dentro de mí. Siempre aprendo algo que parece que me lleva a una siguiente fase, más evolucionada. Ese efecto provocan en mí las palabras de los demás. Así que no es de extrañar que a veces salte en medio de una conversación y me vaya corriendo a por el bloc de notas. Como buenas personas que son, ya se van acostumbrando y casi nunca me lo tienen en cuenta. Aunque a veces Marga me para en seco sobre todo si estamos tratando algún tema íntimo o sensible:

- Lucía, no, me siento como un insecto. No seas cabrona, ¡esto no lo escribas!

Y yo me siento en el sofá muy calladita procurando no olvidarme de nada de lo que han dicho. Que no se quejen: luego les encanta el resultado por lo general.

Como digo, desde que estoy en esta ciudad mediterránea no hago más que oír cosas estupendas que cuentan mis nuevas amigas. Ayer Silvia soltó una pepita de oro, de ésas tan aprovechables en literatura y en periodismo: cuanto más me callo, mejor me va. Entonces le dije: eso hay que escribirlo. Y va la tía y me suelta tan tranquila: Lucía, voy sobrada de ideas, llega un momento que ya no las apunto, así que te cedo el copyright. Dicho y hecho.

Silvia pasa de tener un blog, y como se niega a aprender a hacer una simple cajita para enmarcar el texto, una nube de tags o todas esas chorraditas técnicas que a mí me encantan, he negociado con ella para crearle una sección en mi blog con un link a su currículo vitae. Creo que me va a gustar esta co-autoría; aprendo mucho con lo que Silvia escribe, y aunque ella me empuja a escribir ficción, sigo pensando que lo que yo quiero es ser rica y pegar el pelotazo en el periodismo o en la blogosfera. Y no necesariamente escribiendo.

Hay algo en el ambiente de esta ciudad que me apetece contar y fotografiar: el aire huele diferente, a brisa y a sal, es como si algo del mar se metiera por las calles y sintieras su poderoso azul en las venas. La luz es también diferente: clara, luminosa, espectacular, diáfana. Persigo con mi cámara rincones de la ciudad bajo la luz de la hora mágica. Hoy yendo al trabajo he fotografiado un abrigo negro, grande y guateado, levemente manchado, abandonado sobre una papelera.

Marga me ha prohibido totalmente que suba cosas de la basura a casa, así que sólo me subo cosas pequeñas que escondo por la habitación. Y yo le digo: ¡pero si durante toda la carrera mis colegas de penurias y yo hemos realizado excursiones de recogida de muebles con la furgoneta de un amigo especialista en el reciclaje! Especialista, sí, un diseñador de lámparas completamente loco que las hace con material reciclado, pero con él me amueblé casi de arriba a abajo la habitación de la residencia. Pero Marga el otro día me llamó Basurilla y Silvia estaba descojonada.

- Oye, Lucía, háztelo mirar, igual tienes el síndrome de Diógenes y mueres sepultada bajo montañas de cosas. Yo te lo digo por ti.

Desde luego, la confianza da asco.

Por ejemplo, nuestra relación con los objetos es totalmente diferente. Marga le quita las etiquetas a todo, yo no quito ni una. A ver por qué a la gente le molestan las etiquetas, yo soy una transeúnte de la vida y no quitar esa etiqueta me da un sentimiento de provisionalidad, y así me siento más cómoda. Procuro llevar poco equipaje por si hay que salir zumbando de cualquier sitio.

Cargo mi cámara y decido fotografiar los objetos de mi habitación que conservan la etiqueta, en el único área de la casa en el que pueden reinar, ya que están totalmente proscritos fuera de esta habitación. Esa etiqueta le da el toque justo de suciedad, realidad y provisionalidad al objeto en cuestión.

Sí, Silvia, tienes razón, voy a dejar de ser una Bartleby.


Lucía Scoop

2 comentarios:

Caronte

Siempre obtengo algo positivo de la lectura de tu blog. No conocía el relato de Melville acerca de este personaje, Bartleby, de cierta pesadumbre existencialista, de ésos que parece que les cuesta vivir y no sabemos porqué. Dicen que un tipo se suicidó por no tener que vestirse todos los días: me fascinan estos personajes. Sobre todo, porque como dijo Borges, "nadie es imposible".
Así que buscaré el relato de Melville y lo leeré. Gracias por ello, Caronte.

Carmen

Me ha gustado lo de "nadie es imposible", porque es cierto, hay abismos humanos que construyen personajes increíbles, como el mismo Bartleby, increíble que un día deje de escribir y que se niegue a abandonar las oficinas en las que trabaja. Gracias a ti, un beso.

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