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Amelia






Todavía no os he presentado a Amelia. Amelia trabaja en Administración en el periódico y está a punto de tener un hijo. Hoy tiene que pasar por monitores y viene su padre desde Segovia a acompañarla en el parto, que está al caer. Su marido está viajando así que la acompaño a recoger a su padre al tren. Francisco enseguida me ha caído simpático, porque se parece mucho a mi propio padre. Los dos han estudiado Bellas Artes, aunque a diferencia del mío, que es pintor, el padre de Amelia ha desarrollado toda su carrera en el mundo editorial, donde edita libros preciosos. Tiene una barba contundente poblada de canas estratégicamente situadas, y lleva puestos unos pantalones de pana marrones, un bolso-bandolera y una gorra. En cuanto se baja del tren, se enciende un puro. Amelia le recrimina:

- Papa, aquí no se puede fumar.
- ¿Cómo? ¿Después de cinco horas sin fumar en esa cámara de tortura con ruedas, que no voy a poder fumar? Que venga un empleado y me lo diga, ¡que ya veremos lo que hacemos!

O.K. Amelia y yo dejamos de protestar inmediatamente y lo sacamos en volandas de la estación. En el coche de Marga, que conduzco hoy, porque yo no tengo coche, y pienso que me vendría mejor una vespino para moverme por la ciudad, Amelia le pregunta cómo le va el trabajo y me quedo impresionada porque este hombre es un artista y me va pareciendo que un cachondo mental también.

Llegamos al hospital con tiempo y Francisco nos arrastra a la cafetería asegurando: “no tenían carajillo en el tren”. Intentamos reírnos un poco con alguna broma, pero todos estamos un poco nerviosos. Digo:

- Tranquila, Amelia, todo va a ir bien.

De pronto, viene un niño y le pregunta con toda la inocencia a Francisco:

- ¿Eres Chanquete?
- ¿Quién? – responde sorprendido Francisco- ¿Quién es ése?
- Papá, por Dios, cómo que no sabes quién es Chanquete.

Yo, por lo bajo, para no herir al niño, le digo a Amelia: “pero si Chanquete está muerto”.

Así que le explicamos cariñosamente que el padre de Amelia no es Chanquete, mientras Francisco hace violentos aspavientos indicándole al niño que se vaya, y el niño obedece inmediatamente al ver que ese hombre tan violento no podía ser Chanquete, que todos sabemos que era muy cariñoso.

Se hace la hora de la revisión y nos hacen pasar a una sala de espera llena igualmente de señoras súperembarazadas a punto de dar a luz. Rápidamente comienzan todas a conversar, comentando los pormenores del embarazo y veo que están todas asustadas, sobre todo las que esperan el segundo, que ya saben de qué va la cosa. Una que ya va por el tercer niño suelta:

- Esto está claro. Yo ya sé que vengo a la carnicería. Y que nunca se sabe cómo va a ser el parto, que igual estas pariendo una hora que 48.
- A mí en el último parto no les dio tiempo a ponerme la epidural…
- ¿Que no?- salta otra- es que si pueden no te la ponen, porque eso cuesta dinero.
- Qué asco. A dónde vamos a llegar. Parir con dolor. De qué ha servido tanto avance en la medicina.
- Si los hombres parieran…

- Bueno, chicas,- salta una que hasta ahora no había abierto la boca, una que la pobre da pena verla, con la cara abotargada, porque el niño no tiene prisa por venir al mundo,- lamento decíroslo, pero leí ayer en el periódico que en esta comunidad sólo le dan la epidural a un 30% de las que van a parir, porque no hay dinero para más. Yo tengo trauma desde ayer, desde que leí la noticia.

Las demás se echan las manos a la cabeza.

Y sin poderlo evitar, vemos que el padre de Amelia se lanza a hablar y de pronto veo una cara de terror en mi compañera de curro que por un momento no acabo de entender. Pero lo entiendo inmediatamente, en cuanto Francisco abre la boca:

- ¿Pero de qué os estáis quejando?- y se muere de risa aguantando la colilla apagada del puro entre sus manos, una colilla que todo el mundo mira intensamente porque se creen que va a encender el puro de un momento a otro- ¡las mujeres paren en África en cuclillas, agarradas a un árbol, solas y sin anestesia!

Dios.

Amelia y yo ni nos atrevemos a movernos de la silla.

Algunas se sulfuran pero veo que se contienen las ganas de estrangularlo y la embarazada que lee periódicos le responde educadamente:

- Bueno, pero yo vivo en el primer mundo y creo que nos merecemos unas garantías a la hora de parir. Que aquí, si no llevan cuidado, también la puedes palmar en el acto, tú o el niño, o los dos.

E increíblemente el padre de Amelia se empieza a carcajear en su cara y les empieza a contar a todas las allí presentes cómo parían las mujeres en su época, en los años 50:

- Y de eso de saber si lo que viene es niño o niña, de eso nada, y si te salía subnormal te aguantabas.

Como si fuéramos siamesas y nuestras mentes hubieran conectado en un acto telepático, o mágico, o yo que sé, Amelia y yo nos levantamos de la silla y nos largamos despavoridas al baño.

Con lo sensible que está Amelia, va murmurándome por los pasillos:

- Va a haber bofetadas, lo sé.

Ya, pienso, mejor no estar presentes.

Cuando volvemos con toda la precaución, por si hay que separar a alguien de los brazos de alguien, vemos que Francisco está tan tranquilo escuchando a las mujeres que, en teoría, le están haciendo entrar en razón. El ambiente se relaja y nos llaman para la consulta. Menos mal. A Amelia le hacen una ecografía en la que se ve al niño estupendamente en el monitor y Francisco no hace más que decirle al médico:

- Saque al niño de ahí.
- ¡Papá!

Y el médico nos explica que todo a su tiempo, que si el lunes Amelia no entraba por urgencias le inducen el parto. Cuando salimos, el padre de Amelia nos invita a tomar un café. Nada más sentarnos, su hija le espeta a Francisco:

- Papá: no fumes puros. Y, sobre todo, no hables de mujeres. No es el mejor momento para misoginias.

Y Amelia me cuenta en un aparte que hace tiempo le dijo a su padre que ese tema estaba prohibido, para no caer presa de la indignación.

Le acompañamos al hotel y cada una se va a su casa. Le prometo a Amelia que estaré encima de ella y que le acompañaré al hospital, ya que su marido no llegará a tiempo al nacimiento. Mi compañera lleva tres meses en su puesto de trabajo, no conoce mucha gente en la ciudad, y creo que me ha convertido en una muestra de esa afirmación que dice "más vale un vecino en la puerta, que un pariente en Mallorca". Sólo queda una semana. Menos. Así que, continuará.

2 comentarios:

Caronte

Divertidísimo

Carmen

Muchas gracias, Caronte, es un halago. Un abrazo.

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