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Amelia II






Amelia está en el hospital, le han entrado los dolores por el parto y la muy valiente se ha largado para allá conduciendo su propio coche. No le ha dado tiempo a recoger la maleta y como quiero ser la mejor ayuda posible, en cuanto me llama, convenzo a Silvia y salimos pitando hacia la casa de la vecina, que tiene las llaves de la casa de Amelia y acto seguido nos plantamos en el hospital.

A pesar de nuestras prisas, cuando llegamos el niño ya ha nacido, lo tienen en una incubadora y hay un grupo de 25 embarazadas de visita turística mirando al niño y haciéndole cucamonas. Cuando los suben a planta, Amelia está muerta de hambre y le dan una loncha de jamón york para cenar, así que le paso unas magdalenas que tengo en el bolso de contrabando. Está que se sube por las paredes:

- ¡Toda la tarde pariendo y me dan una loncha de jamón york! ¡Vivir para ver!

Aparece su padre, Francisco, que hace tantas fotos a su hija y a su nieto, que Amelia ha terminado por maquillarse y dice que se siente como si hubiera venido el Hola a hacerle el reportaje. De repente, aparece Marga y ve la batita azul horrorosa que lleva Amelia y asegura que esta noche tendrá pesadillas con esa estética indescriptible.

- ¿Pero esto qué es? ¿Qué pone en la batita? ¿Parto Patrocinado por la Generalitat Valenciana? ¡Quítate eso, por favor!
- Si es que no me dejan…
- ¿Cómo? ¿Tenéis que ir todas iguales? ¡Y con el culo al aire! Pero esto qué es, ¿un campo de concentración?

Una amiga de Amelia, que también está en la habitación, me pregunta:

- Y tú, ¿a qué te dedicas, Lucía?
- Pues ahora mismo, al seguimiento de fiambres.
- ¿Cómo?
- Sí, soy periodista. Ahora es que estoy construyendo la biografía de Paco Bueno, el cronista oficial de la ciudad, que está gravemente enfermo y probablemente muera pronto. Eso siempre se hace, ir preparando la documentación antes de que la palme alguien.

Y la amiga de Amelia salta:

- Pero eso es asqueroso. Sois unos buitres.
- No te digo que no. A mí cuando me preguntan ¿de dónde eres?, respondo: de Buitrazgo. El que lo pilla, bien, el que no, también.

Entre todas las amigas animamos a Amelia, la peinamos, la ponemos guapa. Las enfermeras nos echan la bronca, porque parece que es obligatorio llevar la horrible batita azul, y nosotras les explicamos que es muy importante para la autoestima de nuestra amiga ir arreglada y guapa, después de haberlo pasado canutas en la sala de partos.

Amelia le dice a su padre que se vaya a un hotel a dormir y yo decido pasar la noche aquí con ella. La silla que se convierte en butaca en la que voy a pasar la noche me parece cómoda, pero no. A mitad de noche me doy cuenta que la silla-tumbona es igualita a la silla de Torquemada y ya no pego ojo en toda la noche, intentando encontrar una postura correcta cuando esa postura no existe, porque el artefacto no lo permite. Me duele el cuerpo. La enfermera aparece a las tres de la mañana dando un portazo para traer el biberón al niño. Dice Amelia que esa tortura es diaria.

- Pero entonces no te dejan descansar
- Ya, y además he leído que si le quitas ese biberón al niño y se lo das a las 12 de la noche y a las 6 de la mañana, no pasa absolutamente nada. Pero se lo dije a la enfermera y no veas la cara de mala ostia que me puso. Así que lo siguen trayendo, y con montón de ruido. Me parece muy poca piedad hacia una recién parida, que estoy hecha polvo, y para mi niño, que está durmiendo tan plácidamente.

Y me sorprende cuando dice:

- Éste es un país extraño...

Toda la familia de Amelia anda por aquí, diciéndome que me vaya, que ya me he portado muy bien. Pero Amelia me pide por favor que esté junto a ella y el niño hasta que aparezca el marido, que está al caer.

- No te creas que es fácil salir de París de la puta reunión de negocios, que no puedo decir otra cosa. Lleva dos semanas allí a ver si se fusionan con los italianos. Venga de tirar de riñón, venga de negociar. Y los tíos no ceden. Espero de verdad que venga hoy.

Amelia está harta del encierro hospitalario e intentamos bajarnos a tomar un café en la cafetería de enfrente del hospital. Y la enfermera jefe nos dice que no, que es su responsabilidad y que no bajamos. Me fijo en ella y es igualita a Morticia Adams. Con esa frase de cancerbera, me pregunto si llevará bajo las faldas el juego de llaves de todas las habitaciones.

Le explicamos que el niño está con toda la familia en la habitación, porque empezamos a percatarnos que cree que le estamos abandonando, y Amelia le explica que no ha cometido ningún delito, que sólo ha parido un hijo, y que no entiende esta privación de libertad. Al final la convencemos y nos bajamos a tomar el café sintiendo que estamos haciendo algo horrible, como violando la condicional o algo así.

Cuando subimos, resulta que ya ha llegado el marido que se tira encima de su mujer y todas le hacemos la ola.

- ¡Nena, acabo de cuadrar el negocio de mi vida!

Amelia, cabreada porque su chico ni ha mirado al niño, le suelta impertérrita:

- Pues espero que te hayas ido con alguna para celebrarlo, porque yo estoy en cuarentena. Es más, creo que voy a doblarla. Mejor 80 días.

El marido se percata, va a por el niño y lo coge en brazos. Se acerca hacia la cama y vivimos escenas de ternura.

- Perdona, Amelia, nuestro hijo es maravilloso. Ha sido la emoción, ahora podremos cambiar de casa, hacer un montón de cosas.

Por fin, a Amelia y a su niño les dan alta y nos vamos todos de aquí. Mi compañera y su marido tienen el detalle de dejarme en casa, y vamos todos en un taxi. De repente, la felicidad brota en el rostro de Amelia y grita:

-¡Ya está, mi niño, por fin libres, ahora sí vamos a vivir!

Su marido nos mira a las dos y nos dice con un gesto de cariño y sorpresa:

- Bueno, espero que vosotras dos me contéis algún día qué es lo que ha pasado aquí...

Ni lo dudes.

Lucía Scoop


2 comentarios:

SERgio

Hola, me gustaría saber si quisieras intercambiar links conmigo, mi blog es www.elgermenpop.blogspot.com, suerte y saludos

Carmen

Eso está hecho. Muy bueno el blog.
Saludos

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