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La mejor de todas





Hoy he quedado en el bar de Karen y aquí estoy, tan feliz, conduciendo el audi-bombón de Marga por el centro de la ciudad. Hay que ver lo que me embellece este coche, no paro de ligar con conductores de toda condición. Pero, maldita sea, no hay ni una plaza de párking libre y el bar de Karen está en el barrio antiguo, en la zona más intrincada de la ciudad. Pues allá voy, a ver dónde puedo aparcar.

Creo que Karen es la mujer que más admiro en esta ciudad. Huyó de una historia familiar tremebunda que tenía lugar en un pueblo recóndito de España, y montó uno de los locales de copas más famosos de esta ciudad mediterránea. Su éxito arrastró a sus cuatro hermanas, que una por una huyeron también de unos padres severos cuya severidad rayaba en la crueldad.

Este barrio está atestado de bares y de repente, una de las camionetas que reparte bebidas por la zona, se para sus buenos minutos en un paso muy estrecho, corta la circulación y ya estamos seis coches aquí sin poder ir ni para adelante ni para atrás.

Toni Collette


Miro por el espejo retrovisor y veo que la tía de detrás me mira fijamente, pone el freno de mano, se baja del coche y se acerca hacia mí. Empiezo a flipar con su camiseta de leopardo, con su sostén de encaje muy visible que no puede proteger sus pechos turgentes, y con sus labios jugosos, súper abultados. Estoy admirada de que esta tía me vaya a hablar, porque se parece mogollón a Toni Collette, que para mí es la mejor actriz de todas. Estoy loca por ver United States of Tara, porque la actriz australiana es la única que puede interpretar a cuatro mujeres distintas a la vez. La tía completamente kicht me hace un par de aspavientos con las manos y me dice:

- Pero, tía, aparta, ¿no te das cuenta que estás molestando?

Lo ha dicho tan bien, tan convencida. Como si estuviera haciendo justicia cósmica, como si darme la lección con un montón de público fuera lo más lógico del mundo en estos momentos. No le contesto ni con mala leche, de hecho tardo en contestar porque todavía estoy admirando su atuendo. Pero reacciono:

- Ey, el que está armando todo este follón es esa camioneta ahí parada.

Al final veo que la copia de Toni Collette, muy cobarde ella, no se decide a montarle el mismo numerito al verdadero culpable de la situación y se vuelve al coche. La camioneta arranca y consigo llegar al bar de Karen. Está cerrado y paso de preguntarme los motivos: ahora mi única preocupación es cómo salir de aquí.

En la puerta del bar le pregunto a un tío al que cualquier vieja si le viera se agarraría el bolso y saldría huyendo, cuál es el camino de salida:

- Todo recto.

Eso hago, ir todo recto. Pero las estoy pasando canutas, porque la calle es muy estrecha; cierro los espejos laterales y avanzo en primera, intentando no rallar el coche. No me lo puedo creer: ahora aparece una excursión, un enorme grupo de estudiantes que se dirigen hacia mí y rodean el coche. Tan tranquilos, tan sonrientes. Pienso: ¿Es que no saben que estoy muy nerviosa y que van a morir atropellados de un momento a otro ?

Por fin, supero con dificultad el frente de juventudes y veo la salida: una enorme cuesta hacia abajo. Sé que acabaré hecha papilla en el fondo del mar. Pero no, bajo pisando el freno con leves toquecitos como si me fuera la vida en ello y consigo llegar a la civilización. Paro en un estanco a comprarme un paquete de cigarrillos para aliviar la ansiedad, como el que se pide un litro de whisky en un bar.

Delante de mí, una macarrilla, que es toda una oda al negro, con tatuajes y gorra ladeada al estilo de "yo soy muy guay y tú eres un imbécil", paga con un montón de céntimos el paquete de tabaco que se acaba de comprar y le dice al dependiente, muy seria:

- Está todo contao, recontao.

Y acto seguido se larga pitando con el tabaco. El dependiente cuenta las monedas y se empieza a quejar:

- Ey, ey, aquí faltan sesenta céntimos.

El tío tiene ganas de correr detrás de ella pero no lo hace porque está solo en el estanco, y porque, la verdad, todos estamos mirando con avidez los chocolates y los chicles que están al alcance de la mano.

En la calle, me fumo el cigarrito de la paz interior y me siento feliz porque el coche de Marga no ha sufrido ningún rasguño. Aún así, lo dejo dentro del párking con ánimo tembloroso y decido no volver a cogerlo más en una buena temporada. Me parece que me decido y me compro una vespino;D

Lucía Scoop

To be continued

United States of Tara




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