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Quiero una bola

máquina de bolas

Hay un método infalible cuando uno quiere arrastrar a un niño a la calle y no arranca ni para atrás, sea porque está enganchado viendo Lilo & Stitch o porque está tan a gusto jugando con sus juguetes en el sofá, o porque es más listo que tú y sabe que fuera hace un calor de espanto aunque sólo sean las nueve de la mañana. Ese método infalible es prometerle que le vas a comprar una bola, adelantándote a sus intenciones, porque parece que es automático pisar la calle y decir “quiero una bola”. Gastarte ese euro en esa maquinita es claramente una estafa, porque esos artilugios no deben valer ni diez céntimos y se rompen en un tris-tras. Pero todo vale ahora que son vacaciones escolares y te tienes que llevar al niño a todas partes, ya que naturalmente yo no soy Miranda ni Tita, que tienen una y hasta dos doncellas por niño.

Cuando uno sale con niño a la calle tiene que calcular sopesadamente todas las probabilidades y situaciones posibles en las que te puede montar un pollo. Quizás el primero en la calle, porque no te quiere dar la mano y resulta que vienen coches a montón. Quizás otro porque en la neverita portátil que acarreas siempre que vas con la criatura (y ropa de recambio, y juguetitos, y…) se te ha olvidado incluir el zumito de piña. Otro pollo muy posible es en el supermercado, porque quiere esas papas de bolsa llenas de condimentos químicos que tú no estás dispuesta a que interaccionen con ese organismo tan delicado.

coche al sol
En plena canícula, y con el coche ardiendo después de darle el sol todo el día, puede pasar y pasa que el infante decida montarte el pollo justo cuando le estás poniendo el cinturón en la sillita, y tus nervios suben al mismo acelerado ritmo que las gotas de sudor caen por tu espalda. También son expertos en pedirte a voz en grito el biberón cuando vas a ciento cuarenta por la autopista y no te da la gana de parar, porque ya te has parado cuatro veces, una para ajustarle el parasol que el niño quita en cuanto se lo colocas, otra para cambiarle el pañal, otra para coger los juguetitos que dejaste en el maletero y sin los cuales sencillamente no puede “afrontar el viaje”, y otra para quitarle las etiquetas de Zara que olvidaste arrancar del pantalón nuevo y que la verdad le estaban destrozando el muslo.

Cuando mi rorro sale a la calle se tira encima de todos los perros que ve, directamente a la cabeza, y le da igual que sea un caniche que un pastor alemán, porque todos le gustan, aunque yo vigilo estrechamente el movimiento de las fauces del can por si hay que darle una patada certera en los morros , aunque eso me cause una enemistad eterna con el dueño, que claro, está ahí al lado, y también está observando sigilosamente la escena. Cuando consigues apartar al niño del perro, éste se van tan ufano y tan contento diciendo “me ha lamido, me ha lamido”, que es como decir: le he caído bien y vaya tío más simpático.

Mujeres desesperadas


La maternidad es una hermosa trampa, porque por mucho que te digan ni Dios sabe lo que es esto hasta que estás dentro. Y está muy mitificada. El personaje de la madre con hijos de Mujeres Desesperadas, interpretado por Felicity Huffman, es bastante explicativo, y rompe el tabú de que no se puede ser infeliz con los hijos aunque sí con todo en general. Lucía Etxebarría en su libro Un milagro en equilibrio lo dice muy claro: ¿Cómo es posible que pueda odiar a mi propio hijo?. A pesar de los malos momentos, estás enamorado y loco por tus hijos, es difícil no malcriarlos y no suelen venir con libro de instrucciones. No se pueden devolver a la fábrica donde la generalidad de padres embelesados lo encargan específicamente diciendo “que salga lo mejor de cada casa”.

Pero, aquí estamos, luchando cada día e intentando hacerlo lo mejor posible. Le pido prestado de nuevo el comentario a Lucía Etxebarría : “Con los hijos inviertes tanto tiempo, dinero y esfuerzo, que no se te ocurre despreciar el resultado”. Si encima te sale un bombón, pues a disfrutar, que son una gozada (la mayor parte de las veces;D).

Madre e hijo

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