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Unos días en el campo





Marga en la puesta de sol

Sophie - Fotolia.com

Marga, Silvia y yo nos hemos escapado unos días de vacaciones a la casa de la abuela de Silvia, y mi compañera de piso y yo estamos viviendo cosas sorprendentes. Hace un día precioso y mi amiga y yo nos vamos al súper a comprar, y empezamos a alucinar con las costumbres del pueblo. Por lo pronto, parece que los habitantes de aquí no tienen ojos sino una potente máquina de rayos X capaz de atravesarte en forma de una mirada violenta e inquisitiva. Al final la dueña de la tienda, situada detrás del mostrador, no lo ha podido soportar más y nos pregunta:

-Pero, vosotras, ¿de quién sois? ¿Dónde estáis?

Le contestamos que en casa de Silvia y rápidamente el ambiente entre dependienta y clientes se relaja. Aunque de todos modos no cesan de hacer preguntas y nos damos cuenta que hay que parar esto de algún modo, así que pagamos apresuradamente y nos vamos. Dejamos la compra en casa y decidimos dar una vuelta por la huerta y llegar hasta el río, aunque Silvia ya nos dice que verlo no es un gran espectáculo. Me sorprende lo que dice porque a mí todo esto me parece precioso.

Pero tiene toda la razón del mundo, una vez vistas de cerca, las aguas están podridas y a lo lejos vemos un bulto sospechoso. Marga se pone a gritar:

- ¡Es el cadáver de un cerdo!
- Qué dices.
- Que sí, que sí.

Nos acercamos a mirar y efectivamente nos percatamos que alguien ha tirado el cadáver de un cerdo al río. No queremos ni pensar en el dueño del cerdo, si ha tenido algo que ver con un asesinato absurdo. Se supone que si uno mata un cerdo es para comérselo y no para tirarlo al río. Preferimos pensar que el fallecimiento se produjo por muerte natural y que al dueño le dio asco comérselo o yo qué sé. Decidimos largarnos inmediatamente de aquí. Mientras corremos hacia la casa de la abuela nos da la risa tonta, ese recurso insospechado de los seres humanos, que consiste en reír por no llorar, después de haber visto la impactante y espeluznante visión del cochino sobre el río. Me sigo riendo mientras corro, porque Marga y yo parecemos Paris Hilton y Nicole Richie en medio de un reality show campestre, corriendo sobre nuestros tacones entre las cañas del río en dirección a la casa de la abuela.

Cuando llegamos a la casa, nos damos cuenta que hay gente y oímos un gran estruendo en la cocina. Vamos corriendo para allá y flipamos con la imagen de Silvia, que lleva un vestido negro con las finas solapas de tela levantadas, la melena castaña desordenada y bamboleante, y agita la escoba con ahínco una y otra vez para liquidar a un pequeño ratón, el roedor que ha armado todo este follón. Silvia parece una imagen fantasmagórica. El resto de sus amigas del pueblo, que han venido de visita, gritan aterradas subidas a las sillas y sillones de la gran cocina ante la visión del pequeño animal, por mucho que Marga y yo les insistimos para que pare todo este griterío en que el bicho ya ha fallecido.

- ¿Lo veis, lo veis? ¡Ni se mueve!

Y apostillo:

- Caput.

Cuando comprueban que efectivamente el ratón ya está liquidado, la cosa se tranquiliza y Silvia nos presenta a sus amigas, que son del pueblo, pero también viven todas fuera. Entramos en animada conversación y Silvia nos hace un estudio antropológico del pueblo, estudio con el que Marga y yo aprendemos muchas cosas nuevas sobre las bajas pasiones. Nos cuenta que, antes de nacer su hija Clara, pasó una mala época y perdió su trabajo como correctora de textos. La pérdida del trabajo fue el preludio de una crisis más profunda, y Silvia se dio cuenta que tenía que replantearse muchas cosas, así que decidió irse a vivir con la abuela una temporada. En ese tiempo tuvo oportunidad de conocer bien a las gentes de aquí:

- Os puedo contar pormenorizadamente quién pega a quién en el pueblo.
- ¿Cómooooooooooo? – contestamos todas alarmadas.
- Y el cotilleo es sangrante. ¿Os habéis fijado que todas las ventanas del pueblo tienen persianas?
- Pues sí.

Las amigas de Silvia se ríen y una de ellas explica el comentario:

- Si nos dedicáramos a aplastar fuertemente esas persianas contra las rejas, al día siguiente todas las abuelas amanecerían con la nariz roja por el impacto. Ahí se colocan las tías, detrás de las persianas, para ver sin ser vistas .

Y Silvia añade:

- Sí, sí, ¡es lorquiano! Todo el tiempo que estuve viviendo aquí no se me ocurrió enrollarme con ningún tío del pueblo, por si acaso. Aquí las licencias amatorias se pagan caras.

Las amigas de Silvia se van pronto. Hoy la abuela no está, se ha ido a visitar a su prima en el pueblo de al lado y cocino para mis amigas el plato de pasta perfecto: con la dosis justa de nata, sin que los raviolis rellenos de queso y espinacas naden en su salsa, como me ha ocurrido, a veces, en algunos restaurantes. Pocos aliños, un plato en el que el sabor solitario de la pasta es fundamental. Es lo que le digo a Clara, para que se anime a comer: los ciclistas comen muchos espaguettis y hay que ver cómo suben las cuestas. Mientras cocino la pasta, ligera y nutritiva, para compensar los tremendos platos de carne que nos prepara la abuela, llenos de enjundia, escucho un reportaje sobre el cava en Radio 5.



To be continued


2 comentarios:

Anónimo

Los pueblos son así, la gente que quiere saber acerca del forastero, "hacerle la ficha"; no sé si es una medida de autoprotección. Perdón, tampoco todos son así. Los hay discretos, que observan antes de ofrecerte su casa, pero no molestan. En otros te preguntan hasta el nº del zapato que calzas. Son más peligrosas las gentes de ciudades, que se creen superiores a los de pueblo (careciendo de la intuición natural propia de éstos) y meten la pata, sienten envidia, te traicionan, si ven que les das 100 vueltas. He vivido en pueblos y en ciudades. Me quedo con los segundos, a fuerza de verlos, los ves venir y puedes saber a qué atenerte.
Me sigue gustando tu blog, no decae, es creativo y siempre aporta algo nuevo. Mi enhorabuena.
Olga.

Carmen

Bueno, el post es sólo una anécdota, de todo he conocido en los pueblos, como en las ciudades, gente ruín pero gente fantástica también. En fin, La casa de Marga es ficción. Gracias por tus palabras, Olga.

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