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El final del verano





Mujer leyendo
La mariquita pasea por el borde del porche de madera, donde estoy sentada, y pienso que tiene muy poco porvenir: ahora vendrán los niños de bañarse de la piscina y no sé qué será de ella. Si será admirada o pisoteada. Hay un silencio sereno, sólo interrumpido por el movimiento de las hojas de los árboles. Encuentro un intenso placer en observar los folios que llevo escritos, en ver mis cabellos a través de la luz, cayendo suavemente sobre las hojas, y un gusto casi físico al hojear los libros, revistas y periódicos que me acompañan este verano. Me rodean cosas que yo considero placenteras: un café, un paquete de cigarrillos, mi portátil, un iPod y un pequeño diccionario de inglés.

Pero confieso que mi actividad favorita es observar disimuladamente a la pareja que ocupa la parcela de enfrente, que tienen una tienda de campaña, y no una casita, como nosotros.

Me llaman la atención porque desde que llegaron, hace dos días, no han salido de la parcela, excepto para realizar breves excursiones al baño. Los dos son parsimoniosos en sus movimientos, un poco desesperantes incluso. Ella es rubia, bella, etérea. Pero cómo se puede estar tanto tiempo escurriendo una bayeta. Parece que medita mientras lo hace: mantiene la vista perdida en el horizonte como si estuviera aprensando algo realmente importante. No sé si es que están agotados de viajar, y están aprovechando la estancia en el cámping para hacer la colada y descansar, o es que son un par de bobos con un total desinterés por el entorno.

Miro mis papeles y hago balance sobre mis lecturas estivales. La Trilogía Larsson, que se llama Millenium, pero que en realidad podría llamarse: "Europa, ahí va eso. Poneos todos a pensar un poquito". O como decía un crítico: es "más que un libro, una droga". Cojo un recorte: es una entrevista a Ray Bradbury, que arremete contra el libro electrónico. También me pongo al día en la prensa sobre los últimos avances científicos y concretamente con dos estudios realizados con ratas, que han permitido descubrir a los investigadores que el cerebro tiene dos zonas diferenciadas, una donde se almacenan los recuerdos verdaderos y otra donde se construyen los recuerdos falsos. El segundo experimento aún me llama más la atención, porque han descubierto que el cerebro aprende con los aciertos, y no con los errores. Es decir, el cerebro modifica su comportamiento con los éxitos, y no con los fracasos. Pienso que es algo revolucionario, porque desmonta todas las teorías que insisten en aprender de los errores.

Nadie es más de aquí que tú


En la mesa descansa el último libro de Miranda July, Nadie es más de aquí que tú, y pienso que es una frase perfecta para decir a un inmigrante. La elección del libro no es casual. Junto a él está Aquí empieza nuestra historia, de Tobias Wolff, precursor del realismo sucio. Alterno la lectura los dos libros porque los dos escritores manifiestan que buscan contar la verdad, y en el caso de los relatos de July, uno cree estar inmerso en auténticos trozos de realidad. Es una casualidad pero este verano muere Walter Conkrite, un periodista americano especializado en decir la verdad allá por los años sesenta y setenta, que practicaba un periodismo, el veraz, que muchos consideran muerto. Para compensar tanto chute de realidad, leo también Guía de los lugares imaginarios, un libro delicioso escrito al modo de las enciclopedias del siglo XIX, donde uno puede saber acerca de los escenarios mágicos que han ocupado la mente de grandes escritores.

Gracias a El País, conozco a Theroux, al que Rosa Montero llama "el buitre" porque el escritor se inspira en las personas que le rodean para componer sus personajes, y muchas veces es cruel. Como dice la Montero, al menos Theroux “también picotea sus propias tripas“. Su libro A la sombra de Naipaul, narra su amistad de 30 años con el premio Nobel V.S. Naipaul, amistad que se acabó de golpe cuando Theroux descubrió en una librería de viejo toda su obra, todos los libros dedicados que durante toda su vida le había enviado a Naipaul, y qué éste último subastó sin pensarlo mucho.

En el mismo periódico leo un artículo de Javier Marías, La mujer lacra, sobre que en los anuncios de publicidad, ellas parecen ser las únicas en padecer todo tipo de males: problemas en el tránsito intestinal, dentaduras que se mueven, dolores de cabeza y dolores que se ocultan en silencio. ¿A ellos no les pasa nada? No, según la televisión, ellos están sanos como una pera. Coincido con Marías que presentar a la mujer como un ser débil y enfermo no puede ser sino la expresión de una sociedad que tiene la mente muy retorcida.

No sé por qué critico a la pareja de la parcela de enfrente por no salir de su territorio. Yo misma he acabado por huir de la piscina, donde los jóvenes se tiran de cabeza como si les fuera la vida en ello. Como estés mal situado, peligran seriamente tus cervicales. Exagerando un poco, como tengas mala suerte, te quedas tetrapléjico. Tanta espontaneidad sólo gusta el primer día, al segundo día huyes y te vas a la playa.

También me sorprenden las efusivas manifestaciones amorosas de las parejas en este rincón del Sur, y el increíble hecho de que nadie los mire. Pero un día, en la playa, fui testigo de algo hermoso. Un joven cogía en brazos a su pareja, introduciéndola en el mar, como si se acabaran de casar y traspasara con ella el umbral de su nueva casa. Aquí, en este sitio, no he podido evitar acordarme de una película encantadora, Bienvenidos al Norte, que ha tenido un éxito brutal en Francia, donde un trabajador del sur francés es destinado al frío y temido Norte, lleno de "paletos" a los ojos del resto del país vecino, pero que la película muestra que poseen una gran humanidad.

Ahora, mi bella, rubia y etérea vecina tiende la ropa y lo hace muy lentamente. Él cocina en un pequeño hornillo la comida del día con movimientos pausados. Aún me escuecen los ojos: llevo dos días acostumbrándome a mirar lento.







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