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Teletransportándome





teletransportándome
Estoy muy contenta desde que han instalado el teletransporte en el barrio. He elegido poner la cabina en mi habitación. Es verde, eléctrica, de diseño. Parece una ducha. Yo no quería todos esos neones, esas luces, pero parece ser que el toque ciencia-ficción viene de fábrica. Funciona con un código personal y naturalmente mientras me deconstruyo y me construyo cuando viajo, la máquina hace un análisis genético y sanguíneo de toda mi estructura, análisis que es el que en realidad funciona como auténtico código de apertura, y que hace prácticamente imposible que alguien pueda entrar en mi casa. ¿Imposible? Y si fallara. Siempre lo he pensado: un desconocido saliendo de la cabina. Pero no, eso no puede pasar.

Lo pasé mal las primeras veces que viajaba: me tuve que tomar hasta calmantes, porque por mucho que veo en las noticias que todo el mundo lo hace y que no pasa nada, y no veo miembros descoyuntados ni seres humanos horribles mezclados con moscas, pues no podía evitar sentir una ansiedad exarcebante relacionada con mi posible y propia autodestrucción. Pero el solo deseo de no tener que pasar por delante de las cotillas que siempre se sientan en el portal para poder acceder a mi ático, "allá está, allá arriba, siempre inundado por el sol", me hizo perseverar. Tengo códigos personalizados que reparto entre mis invitados y éstos aparecen así, tan ricamente, en mi salón, inadvertidos a las cotillas de la calle.

No veas lo cabreadas que están las marujas de mi vecindario con este invento, desde que varios vecinos avezados nos hayamos apuntado a esta revolución y ellas no pueden controlar quién entra y quién sale. La que está indignadísima porque no vende nada es la gitana que vende ajos en la puerta de la urbanización, que te salía entre las sombras, a las siete de la mañana cuando yo iba a trabajar físicamente, andando, y te los plantaba en la cara y te gritaba: "¡¿quieres ajos?!", y tú creías que te transformabas, y te sentías por unos segundos una auténtica vampira dando manotazos desesperados para apartar de ti la cabeza de ajos que ella agitaba también desesperadamente delante de tus ojos.

Todavía no tengo códigos internacionales. Muy poca gente los tiene: diplomáticos, políticos de alto nivel. Todavía no saben cómo regular el invento, se ve que no les apetece que me plante en Japón esta tarde, así que por ahora sólo me traslado por la ciudad en la que vivo, como todo el mundo. Las agencias de viajes se tiran de los pelos ante el avance tecnológico, y oigo cosas en el telediario que no quiero creer, como la pareja que se amaba tanto que decidieron teletransportarse juntos y convertirse en una sola persona.

Uf, siento escalofríos.

Me pregunto dónde iré esta noche. No todos los sitios tienen cabina de recepción de viajeros. Ojeo la Guía del teletransporte, revista de novísima y reciente publicación que informa de los locales de marcha que poseen el mecanismo. Leo Ay, Carmela: música española y ambiente selecto. Ah, mira qué bien, a éste nunca he ido.

2 comentarios:

Anónimo

hola: ya acabaron mis cortas vacances y me encuentro con este post de ciencia ficción-realidad (me refiero a la de los ajos)que me ha dejado boquiabierta. Sigue por ese camino, chica, que la cosa promete.
Como simpre un cordial saludo.
Olga

Carmen

Gracias, Olga, la verdad es que el post salió solo, no sé ni cómo. Es cierto que hay precedentes del teletransporte en la literatura, y bueno, me imagino que esas lecturas acaban por salir. Cosas (maravillosas) del subconsciente. Muchas gracias por tus palabras. Saludos.

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