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El hilo que nos une





Me llamo Eugenia y tengo tres hijos. No sé por qué pretende usted que le cuente mi vida, señorita, yo no la encuentro demasiado interesante. Quizás si se fuera a preguntar a la del noveno c, ésa sí tiene cosas que contar, vaya si ha corrido mundo. Mire, si se asoma usted a la galería es la segunda después de la mía. Yo la acompaño... Ay, perdone el desorden. Los niños, son los niños. No me dejan vivir, ahora están el colegio. Deje que le aparte la cesta de la ropa. ¿Lo ve? Todas las galerías son iguales, una detrás de otra. La lavadora, incrustada, ya venía con el piso. A veces, me imagino que cuando estoy agachada metiendo la ropa en la lavadora todas estamos a la vez metiendo nuestra ropa y que un hilo muy fino nos une las unas a las otras, a través de las galerías.

Qué guapa va usted. ¿De qué modisto es ese traje? No, no me lo diga, soy fatal para los nombres. Yo, como usted comprenderá, sólo veo desfiles por televisión. Esas cosas son para los ricos o para los políticos. Si no le importa, prefiero hablarle mientras preparo la comida. Luego llegan los niños y es la marabunta. ¿Le he dicho ya cómo se llaman? Pero, siéntese, hay un taburete debajo de la mesa. Oh, no. No saque ese aparato, me pone nerviosa. Prefiero que tome notas, que retenga mis palabras en la memoria y luego lo escriba como quiera. Pues Alfredo es el mayor. Ocho años. Un auténtico buscador de problemas. Ana tiene seis y la pequeña, Alicia, ya va a la guardería, gracias a Dios.

¿El padre? El padre está allá arriba. ¿No entiende usted lo de allá arriba? Ja, ja. No, no se ha muerto. Está en la cárcel. Hizo una tontería de joven y ahora lo estamos pagando. Me ha dejado tirada, aún sin querer, y no sabe lo mal que lo hemos pasado. Ay, Señor, qué angustia más grande, qué manera de llorar. Y aún lloro. Porque sacar tres chiquillos adelante con lo que gano limpiando casas... pues es muy duro. Con la crisis estoy perdiendo muchas casas, además.

¿Pedir ayuda? ¿A quién? ¿A las feministas? No confío en ellas. ¿Dónde están además esas señoras? Yo lo único que quiero es que mi hombre salga de la cárcel y pueda trabajar. Y ahí éstas no pueden hacer nada, ya fui una vez a ver una abogada, que fui por el rollo de que era mujer y me iba a comprender, ¿me entiende?, y salí de allí más enfadada que una mona. ¿Más café? Yo también tomaré, aún queda media hora para que vengan los níños. Mire... es que es usted muy joven. No sabe cómo las gasta la vida con algunas mujeres. No he parado de trabajar como una mula toda una vida y éste es el premio que la vida me regala por haber echado al mundo a tres hijos. A veces siento que me derrumbo, pero no nos pongamos tristes. En realidad, es curioso, me ha alegrado usted el día.

Pregunte, pregunte.



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