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Lara. Una novela inacabada.


Juan David Ferrando - Fotolia.com

- Ya todo terminó. No habrá cambios de última hora. El asesinato será esta tarde, a las seis - y mientras decía esto, Lara se relajó en el sofá evidentemente complacida - por fin.
- Espero no fallar. Hace mucho tiempo que no mato a nadie. No sé por qué me has elegido a mí. Si fallo, me veo con mis huesos a la cárcel. Y ya sabes que no me gusta ese sitio. Mejor si nos pasamos haciendo el amor toda la tarde.
- Hace diez años que no hacemos el amor. Y estás aquí por que eres el mejor. Y esta tarde no fallarás apuntando a Vallejo.

M. se acercó a ella e intentó darle un beso.

- Mira, todo eso se acabó. Acabé harta de sentirme como la protagonista de una película erótica. He cambiado, M., y parece mentira que no sepas que mi hijo duerme en la habitación de al lado.
- Mira la rubia nórdica ésta, fría como el hielo..., ahora resulta que el niño te importa algo, y un comino. Vamos, ven aquí conmigo - dijo M., ofreciéndosele atractivo.

Lara le apartó suavemente. El paisaje marítimo que veía a través de la ventana le parecía mucho más interesante. La costa gallega se le aparecía esplendorosa en medio de un mar embravecido.

- Esto me recuerda cuando era niña. Íbamos toda la familia todos los veranos a un lugar lleno de acantilados. Yo me volvía loca de vértigo. Las olas siempre me atraían, me pregunto por qué los niños sienten atracción hacia los abismos... siempre me retenía en tierra firme la imagen de mi madre muerta de dolor.

M. se levantó.

- Tú una vez me contaste la historia de un niño que se tiró al mar. ¿Lo recuerdas?

Lara le miró sorprendida.

- Oh, aquellas historias... ¡Pero yo te las contaba cuando estábamos juntos! Hace ya tanto tiempo. Ni me acuerdo ni me interesa nada de aquella época.
- Pues tú me contabas muchos cuentos, creo que has sido la única chica que me ha contado cuentos. Pero mírate ahora, planeando sin temblar la muerte de Vallejo.

La piel de Lara se erizó pero no tembló cuando se volvió para decirle a M.:

- Aquí se agota mi paciencia. No te excedas con la confianza. No eres el único hombre con el que he estado ni eso te da derecho a nada. Simplemente he aprendido las reglas del juego, igual que tú. La que estuvo contigo hace diez años murió, métete eso en la cabeza. Dile a Tomás que me recoja dentro de media hora.
- ¿Vas a ir finalmente a esa entrevista? ¿A hablar de tu segunda novela?
- Sí, todo el país estará viéndome por la televisión mientras tú te libras de Vallejo. Es mi coartada perfecta.
- Vete y no te preocupes.


Lara cerró la puerta.

M. apuró el whiskey de un trago y pegó su hermosa cara de negro contra el cristal del ventanal. El ruido de las olas chocando contra las rocas del acantilado le hacía sentir que efectivamente estaba allí. ¿Cómo se le había ocurrido volver a España? Y además, querido M., quién te ha visto y quién te ve, sin ninguna dignidad... La voz de Lara al otro lado del teléfono fue motivo de sobra para abandonar la hacienda con premura. Tengo asuntos urgentes en España, le dijo a Don Ramón.

Él no quería volver a verla así. Aunque fue él el que la abandonó una noche, en medio de la selva, sin miramientos. Recordó sus palabras crueles del momento. Y ahora se sorprendía riéndose, con amargura, diez años después, de sus propias palabras. Comprendía que no soportaba la actual indiferencia de Lara. Salió a la terraza. Hacía muchísimo frío pero no le importaba. El segundo whiskey le calaba en el cerebro. Le vino la imagen de Lara haciéndole el amor en aquel oscuro motel de Buenos Aires... Supo de pronto, como una dentellada, lo que había sido su vida sin Lara: nada. Lloró compulsivamente hasta que, medio adormecido y tirado en el suelo, miró su reloj. Las cinco y media. Hora de ir a cumplir lo pactado.

Fragmento I

Continuará

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