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Lola

Lola
Lola tenía el casting a las nueve de la mañana. Tenía que interpretar a una mujer recién separada, desgarrada por el dolor. Lola estaba nerviosa y excitada, porque hacía muchos años que no se presentaba a un casting. Había preparado a fondo las líneas que le había facilitado la productora. Mario la despidió con un beso.

Cuando era joven, actuó en algunos pequeños papeles en el teatro y participó como figurante, casi siempre sin frase, en producciones de cine de segunda. Todo lo dejó cuando se casó con Mario, un brillante abogado que la tenía como una reina. Nadie la criticó, más bien al contrario, por haber abandonado su incipiente carrera de actriz. Cuando los hijos empezaron a abandonar el nido, Lola volvió a sentir ganas de actuar y su rica familia política se lo toleró.

Se lo toleró porque ella en realidad se había portado muy bien. Crió a los hijos de su marido, acompañó a Mario a todos los viajes de negocios en los que él la requería y sobre todo organizaba cenas exquisitas para agasajar a los clientes y socios de su esposo.

Salió contenta de la prueba. No sabía cómo, pero un torrente de amargura brotó como un manantial de sus palabras, de sus gestos, e impresionó al tribunal.

Cuando volvió a casa, vio una nota en la mesa del recibidor. Mario la dejaba por su secretaria, veinte años más joven. Rompió a llorar pero en ese momento sonó el teléfono y trató de contener sus lágrimas. Aun así, cogió el teléfono con profundos golpes de respiración entrecortada.

La llamaban para decirle que le habían dado el papel.

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