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Paraíso express





Julie and Julia
Me rindo. No puedo abrir el sofisticado tapón del desastacador de tuberías, que aunque no lo necesito plenamente, sí me apetecía limpiar a fondo la tubería de mi lavabo. Y eso, que yo me rinda ante un envase, no es usual en mí, que presumo de abrir todo, exagerando un poco hasta con los dientes, pero esto me ha parecido demasiado tóxico hasta para abrir con un cuchillo. Marga llama a esta desesperación por abrir las cosas "la lucha del ama de casa contra el envase", que describe muy bien lo perplejos que nos podemos quedar los seres humanos cuando una barrera mecánica, muchas veces ilustrada con el letrerillo ése de abre-fácil - lo que demuestra que a los fabricantes les va cantidad el tema del sarcasmo - nos impide llegar hasta el producto deseado.

Mientras yo forcejeo con el envase en el baño, pero ya bastante harta de que esto no se abra de ninguna manera, Adela, que ha llegado esta mañana, está cocinando unos platos exquisitos en la cocina, entre ellos un innovador salmorejo, y me asomo al pasillo de vez en cuando y hasta aquí me llega el estupendo olor de todas las viandas haciendo chup-chup. Me rindo definitivamente. Me voy a mi habitación a leer a Virginia Woolf. Seguro será mucho más productivo porque jamás abriré este envase a no ser que llamemos a un hombre. Llamar a un hombre es una cosa que siempre nos planteamos las mujeres cuando las cosas se ponen difíciles. Cuándo hay que llamar a un hombre: cuando hay que trasladar la bombona de butano, cuando no puedes abrir la botella de vino o la de cerveza, y decides que tu orgullo vale mucho menos que esa caña que ardes en deseos de tomar y te vas corriendo a llamar al vecino de rellano, que todo sea dicho es un encanto y te arregla el entuerto en un pis pas. Cuando quieres que te coloquen todas las estanterías de la casa. Cuando no te apetece conducir. Cuando quieres que te inviten a cenar. Dejo por hoy lo de desatascar mi lavabo, porque no me apetece llamar a ningún hombre, ya que es un ritual que el hombre en cuestión te arregle el pertinente desaguisado y acto seguido tengas que deshacerte en halagos y muestras de agradecimiento, para que él se sienta un héroe por haberte arreglado el grifo del lavabo (o lo que sea;D). Antes de ir a por la Woolf, me paso por la cocina. Adela va colocando los platos deliciosamente elaborados uno a uno en la gran mesa central de la cocina. A mí todo esto me parece un festín.

- Es una cena tibia, Lucía.
- A mí me gusta todo lo que tú hagas, me da igual frío que caliente. Esto es precioso, Adela. Gracias.

Marga, en cuanto supo que Adela venía, cumplió su propósito y se fue corriendo a la sección gourmet de El Corte Inglés y se dejó allí su buen montón de euros con tal de aprovisionarse de todos los ingredientes. Adela se queja tímidamente.

- Pero si no era necesario, tenéis un magnífico mercado de abastos ahí mismo… No pensé que me iba a encontrar con tantas materias primas para trabajar.
- Ja, ja, Adela. Marga es así. Es famosa por ser una exagerada en todo, si somos cuatro para cenar ella comprará cuatro kilos de navajas, cuando, Marguita, ya te he explicado mil veces que nadie, a no ser que sea un ogro, se come un kilo de navajas para él solito.

Y Marga, incómoda, se revuelve.

- Bueno, lo que yo quiero es que no le falte de nada a nadie.
- Ya, Marga, pero cuando montamos la fiesta, luego me paso una semana comiendo todo lo que sobra. Eso es lo que quiero decir. Y además estamos en crisis. Deberíamos ser un poco solidarias con los demás. ¿La austeridad no tiene glamour o qué?
- ¡Y te quejarás! ¡Eres joven para poder asumir una semana de colesterol! ¿Qué prefieres? ¿patatas y acelgas? Todavía podemos disfrutar un poco, ¿no? Vaya con la tía ésta. Qué corte de rollo, Lucía.

Adela me hace un gesto para que desaparezca.

- Anda, Lucía, lárgate de la cocina, que Marga y yo tenemos mucho que hacer todavía.

Pues adiós. Me voy a leer.

Mientras me voy veo por el rabillo del ojo que Adela está cortando varios trocitos de jamón serrano para preparar unas tostaditas de jamón con ensalada y brotes de soja, todo regado con una salsa especial. Ummm, esto me va a encantar. Voy a dejarme querer esta noche.

Me tumbo en la cama. Están pasando cosas estupendas en los fogones de la casa, pero también entre mis dedos, porque aquí estoy, leyéndome los Relatos Completos de Virginia Woolf, extasiándome con su sutil percepción, casi cirujana, de pequeños detalles, pequeños bocados de realidad. Me sumerjo en las voces del lago que se superponen unas sobre otras… en el otro lado del espejo que imagino refleja a Miss Dalloway. Leo: Se puso los guantes con la sensación de estar poniéndose el cuerpo. Asisto a una sorprendente conversación: - Hemos dejado nuestros cuerpos en la sala del banquete. Éstas que están aquí son las sombras de nuestras almas. - Entonces éstos son los abrazos de nuestras almas.

Mientras cierro el libro porque me llaman para cenar pienso que la Woolf tiene una visión espacial. Una perspectiva más alta, más inquisitiva, de las cosas. Y recuerdo que una vez leí una entrevista de un político de alto nivel que viajaba muchísimo por el mundo y él también tenía esa visión espacial, esa perspectiva inteligente y tan poco común de observar las cosas desde muchos y variados puntos de vista.

Hoy la noche es hermosa. Adela ha insistido en que cenemos en la terraza, en la parte acristalada. Como invitados ilustres, Maribel, la compañera de Marga, que es un punto esta mujer, y mi redactor-jefe, Jorge, que últimamente le veo yo muy interesado por esta casa y sus habitantes. Mientras le pego el primer bocado a las tortas crujientes de bacalao oigo a Marga decir que pasado mañana viene a visitarnos Gabriel, el director de cine. Casi me atraganto, de la emoción.




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