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Flores para Leonard






Muchas veces nos reunimos los amigos para charlar. Somos tres hombres y dos mujeres. Yo realmente admiro a Alma, aún siendo la más indiferente del grupo hacia mi persona. La admiro por muchos motivos: por su belleza clásica y serena, por su inmensa cultura - puede hablar prácticamente sobre cualquier tema- , la admiro porque es simplemente excepcional. Sergio también escribe, como nosotras, y es el que más me está sorprendiendo de todos esta tarde, porque por fin está logrando superar sus ataques de pánico relacionados con el éxito. Siempre había sido el más débil de nosotros en el mundo exterior. Pero increíblemente ahora es el que más está animando la velada con su absurdo, desternillante y chispeante sentido del humor.

Al final, el tema central de la tertulia en el salón de mi casa resultan ser las extrañas coincidencias entre los sueños de Alma y los míos. Cierto es que las dos hemos compartido lecturas y experiencias desde la juventud y quizás por ello tenemos un mundo onírico bastante común. Desde mi juventud he soñado con una Ciudad de las Mujeres bajo el mar, donde compañeras de parecido intelecto y sensibilidad vivimos y estudiamos. Leonard siempre me dice que en realidad sueño con un mundo que me es vedado en la vida real: el acceso igualitario a los conocimientos, las mismas posibilidades que mis compañeros hombres. Como digo, los sueños de Alma son muy parecidos. Ella se visualiza a sí misma completamente libre en una gran ciudad, y sueña con la Gran Biblioteca.

Leonard es, por así decirlo, el que más ha triunfado entre todos nosotros. Quiero decir que incluso es famoso en el mundo exterior. Sin venderse demasiado a sí mismo, ha hecho carrera política en un partido de izquierda, y pienso que es el más equilibrado de todos nosotros, la única forma de poder afrontar una vida así. Acude a nuestras tertulias siempre que puede. Siempre ha dicho - hoy también - que sus antiguos amigos le aferran a un mundo estable y amable, y que no nos piensa perder de vista. Nos encanta cuando nos cuenta los entresijos más ocultos de la política. Nos divierte muchísimo tener esa información de primera mano, de tanta calidad.

Todos vivimos lejos los unos de los otros y pueden pasar meses sin vernos, aunque no sin cartearnos o llamarnos por teléfono. Alma es la que vive más cerca de mí, en una casa de campo a unos treinta kilómetros de la ciudad. Pasamos allí también jornadas deliciosas. En invierno nos reunimos en torno a la chimenea y siempre acabamos por intentar arreglar el mundo. En verano damos largos paseos por el bosque, nos bañamos en la piscina. Alma y yo adoramos cocinar y competimos por sorprender a los demás en la elaboración de nuestros platos. Muchas verduras las cogemos de la huerta que Alma cultiva con esmero. Sólo Leonard y yo encontramos mucho placer en ir al mercado a comprar los ingredientes que faltan para la comida. Siempre tardamos bastante en volver porque nos encanta estudiar los nuevos productos que aparecen en el mercado, compramos el periódico y lo leemos concienzudamente tomando un café en algún bar de la zona. Durante un tiempo el objetivo principal de nuestras excursiones era encontrar el café perfecto para leer el periódico. Y lo encontramos: un bar hecho de madera vieja, donde podemos degustar distintos cafés de todo el mundo, donde ponen ópera y donde disponemos de casi toda la prensa nacional e internacional. A veces alguien le reconoce y él siempre es extremadamente amable con la gente. Sabemos que el resto del grupo no soporta todos nuestros infinitos comentarios acerca de la actualidad, nuestras para ellos cargantes conversaciones que pueden durar horas. Pero lo seguimos haciendo porque siempre llegamos a alguna parte, y nuestra percepción del mundo se amplía gracias al contacto de nuestras palabras, que se tornan caricias.

Los amigos siempre nos regañan por nuestra tardanza, pero nunca se quejan de las provisiones que traemos: leña de sobra, prensa y revistas para todos, tabaco, dulces, bebidas, y siempre, algunas flores, flores que yo secretamente regalaría a Leonard, y que no sé por qué, Alma no cultiva, fiel a su lema de que “lo que no se puede comer no tiene interés”.





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