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El abrigo de piel





Kate Moss
El abrigo de piel tiene una larga historia. Permanece impoluto, colgado en el armario, dentro de su bolsa de plástico, después de quince años sin ser usado prácticamente. En realidad, es una piel falsa imitando piel de conejo, que Clara adquirió en el rastro madrileño cuando estudiaba en la universidad. Un abrigo de segunda mano, tirado de precio, que parece bueno.

El uso del abrigo adquirió pleno sentido viajando por toda Europa, y fue muy útil en Montreal y Nueva York, donde llegó a resistir impecablemente los 24 bajo cero. En esta última ciudad, sin embargo, Clara no se puso el abrigo muchas veces, después de haber tenido una desagradable experiencia con un ardiente defensor de los animales, que no quería entender que las pieles eran falsas, por mucho que ella se lo decía. El desagradable defensor de todos los conejos del mundo medía dos metros de alto por dos metros de ancho, y sólo la mano izquierda de los amigos americanos de Clara logró salvar la situación, y que aquellas dos manos anchas como raquetas de tenis no cayeran a plomo sobre su uno sesenta y tres de estatura.

Irse a vivir al sur no fomentó la puesta cotidiana del abrigo. En aquella mediana, gris, calurosa ciudad de provincias, no había ocasión para ponérselo. Pero un invierno llegó una ola de frío polar como no se había visto. En Groenlandia estaban tan tranquilos y satisfechos, viviendo el invierno de su vida, con un enorme anticiclón sobre sus cabezas, y enviando todo el frío sobrante a la consternada y sorprendida Europa. Una madrugada, Clara comprobó que no tenía cigarrillos. Ni dinero. Así que antes de ir al 24 horas había que pasar por el cajero. Y se puso el abrigo, por primera vez, después de 15 años. Cuando iba a sacar su dinero, un indigente, muy amable, recogió sus mantas, su mochila y la saludó antes de abandonar el habitáculo del banco. El hombre miró, sólo unos segundos, el abrigo, y en sus ojos centelleó un instante de injusticia y dignidad.

En ese mismo momento Clara lamentó mil veces llevar ese abrigo tan bueno, tan bueno, que daba el pego. Le pareció bochornoso que alguien muy pobre durmiera en un cajero, y ella pudiera llevar ese abrigo que parecía lo que no era. Le pareció curioso haber tardado tanto tiempo en ponérselo, y de repente, poniéndoselo, nada tenía sentido. Ya era un abrigo más que físico, emocional, y sí, desde luego, favorecía mucho una vez puesto. Siempre le había gustado llevarlo con tacones y vaqueros, sin maquillaje y sin joyas.

Clara colgó el abrigo en el armario. Y le pidió al universo encontrar la perfecta ocasión para lucirlo. También le pidió, bajito, pero muy claro y por favor, no volver a avergonzar a nadie nunca más en esta vida.

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