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Me disculpan, caballeros





Eduardo Galeano, El libro de los abrazos


Me decía un amigo la víspera de la noche más mágica del año (eso dicen por aquí, por Occidente): Espero que los Reyes se porten muy bien contigo. Y lo están haciendo. Aquí estoy, terminando la semanita de reyes, escribiendo desde la casa de unos amigos situada en un lugar específico de Andalucía, un lugar que me gusta mucho pero que tiene la particularidad de que, cuando llueve, se va Internet. Por ahora, siempre ha sido así. Por lo que estos días no me ha quedado más remedio que andar buscando otros placeres más terrenales, aunque reconozco que el primer día me decía muchas tonterías a mí misma: Voy a buscar esa receta de cordero al estilo Albufera que me quedó tan bien el día de Año Nuevo… Ay, no. Voy a buscar en Google ese escritor que menciona Galeano en su libro.

Ay, no.

Con mi nueva ociosidad, sin cables ni wifi ni , hago varios descubrimientos de altura. En la biblioteca de la casa de mis amigos descubro El libro de los abrazos de Eduardo Galeano, del que ya disfruté con pasión Espejos, y me lo leo en los dos días que no he tenido Internet. El libro ya me atrapa en el prólogo con la definición del vocablo Recordar: del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón. En una de las primeras historias que leo un niño que ve el mar por primera vez queda mudo de hermosura. Tembloroso, coge la mano de su padre y cuando por fin consigue hablar, le dice: ¡Ayúdame a mirar!

Me disculpan, caballeros es la frase que dice a todo el pasaje un conductor de autobús en La Habana, concretamente el conductor de la guagua número 68, porque ha visto una mujer súper sabrosona en la calle y decide parar la guagua y abandonar su puesto de trabajo en ese mismo momento. Todos los viajeros miran alucinados cómo al final el conductor consigue ligarse a la mujer cañón, y no muestra ninguna intención de volver a conducir jamás ese autobús en el que están todos sentados alucinando con la visión del conductor enamorado. Las bocinas atronan la calle, pero el conductor no vuelve. Una de las pasajeras, una súper mujer decidida, y ya harta de esperar, se pone al volante y conduce el autobús. Respeta todas las paradas escrupulosamente, hasta que alcanza la suya propia, se baja y otro pasajero la sustituye. Nelson Valdés, un joven escritor que vive esta experiencia, es el único viajero que no baja en todo el trayecto, mudo y estupefacto. Hace una hora subió al autobús dispuesto a trasladarse a la biblioteca de José Martí. Ya no se acuerda de la biblioteca.

Reaprendo con Eduardo Galeano que el mejor bagaje de un escritor es viajar. Y observar. Y escuchar. Galeano viaja mucho, a veces por obligación, como cuando pasó nueve años de exilio en España. Galeano sabe y nos demuestra que la realidad te da las mejores historias, las mejores anécdotas. Soy de la opinión que las cosas más estrambóticas pasan en la realidad y que los que escribimos simplemente vamos plasmando ideas que son comunes a todo el inconsciente colectivo. Historias de la Guachuguanpa, ese reino increíble que habita en el jardín y que sólo los niños saben ver, historias que pueden entender un japonés culto o un voraz lector de cualquier nacionalidad. Cuentos cercanos, profundos, universales. Me río con la historia del malvado que muere en su cama diciendo ¡me cago en dios! Y en ese mismo momento se desencaja el crucifijo de hierro de la pared y le parte en dos el cráneo. Y me estremezco con la historia de Las monedas de hielo, un invento extremo de unos exiliados latinoamericanos en Londres, con ninguna moneda para poner en la estufa, que estos ingleses son así, Money, hot, no Money? Cold. Las monedas de hielo no dejan rastro en la maquinaria de la estufa y los exiliados consiguen convertir el gélido apartamento londinense “en una playa del Caribe”.


Ilustración de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano
Pero me impactan sobre todo los sueños de Helena, la mujer del escritor, que como yo, también sueña con objetos, aunque ella también sueña con la casa de las palabras - creo que es una soñadora mejor - casa adonde van los poetas a elegir las mejores palabras guardadas en botellas de cristal. Helena sueña con unas llaves que busca a cuatro patas, a oscuras, por toda la ciudad. Cuando las encuentra no puede abrir con ellas ninguna puerta. Son sueños del exilio. Con ese nombre tan hermoso, Helena, cómo no vas a soñar… Tan buena es Helena en el mundo onírico que los sueños nuevos, los nunca soñados antes, se le pelean, le hacen cola para conseguir ser soñados por ella. Uno de ellos se le ofrece insinuante: “Suéñame, que te conviene”.

Hoy, como Helena, he soñado con objetos. Y estaba agobiada. Todos eran bellos y hermosos, pero había demasiados y yo no sabía cómo ordenar todo, cómo clasificar todo. Y recuerdo que en el sueño me decía a mí misma: nunca más volveré a desear tanto, nunca volveré a desear tener tantos objetos. Eso me decía: No quiero tener nada, quiero sentirme liviana, ligera de equipaje.

Uno de estos días entramos en la panadería del pueblo y en realidad era una tahona, sin mostrador, con las barras de pan metidas en innumerables cajas. Olía muy bien. Olía como no huele en la ciudad, a pan y bollos calentitos de harina limpia, sin condimentos químicos. Aquí todo el mundo quiere saber de ti. Es gracioso, aunque no me acostumbro a que me pregunten hasta cuál es mi número de zapato. Tomo un café en un bar y la camarera no para de mirarme. De repente, observo que hay algo en ella que le cruje, algo que no puede soportar más, y me suelta a bocajarro “¿Usted es de aquí?” Y a usted qué le importa, dan ganas de decir.

Pienso si decir una mentira: Sí, soy camionera full time y voy cargada con toneladas de productos eróticos destino Ámsterdam y he aparcado el camión ahí, en la puerta de tu bar. O mejor: soy la reina del hula-hoop y me he escapado del circo del pueblo de al lado, porque el domador de tigres, que es el dueño del circo, me trata fatal. Hazme un hueco en tu bar y déjame triunfar aquí.

Pero no, fui correcta. Es mi costumbre. Contesté: tengo unos amigos en el pueblo y me han dejado la casa por unos días, pero toman descafeinado y por eso estoy aquí, tomándome este, todo hay que decirlo, delicioso cortado. Pero al final veo que me paso el día contestando con evasivas en todos los pequeños comercios, y mientras tanto mi mente no hace más que maquinar respuestas perversas, que procuro no verbalizar bajo ningún concepto. Mañana hago las compras en el mercadona, que está a unos veinte kilómetros, porque los valencianos parecemos tontos y mancos a la hora de comprar si no nos ponen un mercadona a tiro, que nos sabemos el merchandising y el packaging de memoria, aunque no renuncio al encanto de comprar productos locales aunque me frían a preguntas. Todo sea por probar nuevos sabores.

Os paso algunos temas que me han acompañado esta semana. Saludos para todos:D


Cheikh Lô



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