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Paren la masacre







No es ningún secreto que desde hace unos veinte o treinta años esta sociedad se ha vuelto loca con la cirugía estética, una especie de deporte nacional (España es puntera en esto), e internacional, una carrera competitiva por ceñirse a los cánones imperantes del momento. Y lo peor de todo: esos cánones imperantes también se operan.

Qué pasa. ¿Es que nos vemos feos? Pues yo creo que el cuerpo humano es muy hermoso, y que estamos rodeados a la vez de cuerpos muy hermosos. A lo mejor esa mujer que va con prisa, bajo la parka, bajo la lluvia, corriendo, cargando bolsas, a lo mejor ésa es la mujer que tiene el cuerpo de tus sueños y simplemente no sale en la televisión. Los hombres se ponen muy pesados hablando de Scarlett Johansson, y las mujeres lidiamos en esta vida con una avalancha de mensajes publicitarios que nos transmite a ley y fuego el concepto de cuerpo de diosa.


Efervescente
Pero es que el mundo está lleno de diosas. La calle está llena de ellas. Agradezco la sinceridad de Cameron Díaz cuando dice: “Las actrices deslumbramos porque a nosotras nos lo dan todo hecho”. Todo: peluquería, maquillaje, vestidos. Y recuerdo con ternura la frase genial de Claudia Schiffer: “Hay miles de rubias como yo, pero yo soy una rubia con mucha suerte”.

Tanta falsa perfección asusta. El problema es que esto se aplauda y se incentive como ha sido en el caso egipcio, una artista británica que se ha operado 51 veces porque cree firmemente ser la reencarnación de Nefertiti. Pero por dios, cuántas reencarnaciones ha tenido esta reina del Nilo, no digamos la otra reina, Cleopatra. Que hasta le dan medallas a la señora desde el gobierno egipcio por operarse tantas veces en pos de parecerse a alguien que ni dios sabe cómo realmente fue. Cuando es sabiduría popular que, si puedes evitar esta pulsión compulsiva por la belleza, al quirófano sólo hay que entrar a vida o muerte, o como decía una entrañable tía de la familia experta en frases lapidarias, “al hospital no vayas ni de visita”, que está lleno de virus y bacterias que es un primor.

Una vez, en mi trabajo de periodista, entrevisté a un tatuador, mucho antes de los tiempos actuales de furor por la cirugía estética, que me impresionó con la siguiente frase: “El que se hace un tatuaje se siente orgulloso, poderoso, por poder alterar la imagen que Dios le ha dado”. Pues se ve que hay muchas orgullosas/os en las mesas de quirófano. Pero realmente no rejuvenece, porque la vejez y la muerte hacen tabla rasa con todo.

Desde luego, pienso como mujer que es inevitable perseguir la belleza. Nos sentimos divinas mirándonos al espejo y las tentaciones son múltiples. Ya te reparten los folletos de clínicas de cirugía estética en la calle como la cosa más normal del mundo, y cuando veo toda esa galería de pequeñas o grandes carnicerías, pienso en ellas, en las mujeres, y me digo, y les digo mentalmente: “Anda, ve, y opérate el alma”.

Pero, me asalta la duda terrible… ¿El mundo no está lleno acaso de mujeres que se sienten guapas desde el mismo día en que nacieron? Sí, esa inocencia de niña, de suave coquetería, una ternura íntima envuelta con un halo de felicidad, una energía blanca brillante, un vestido nuevo, un ramo de flores porque eran las fiestas del pueblo, y unos ojos brillantes en el espejo.

Las horas previas a la llegada de los Reyes Magos de Oriente vi en el Canal 24 horas de la 1 el concurso de Miss Valencia. Y las vi a todas tan contentas de ser tratadas como trozos de carne y todos, organizadores, managers, fotógrafos, eran hombres. Ponderaban la belleza de las señoritas según el centímetro cuadrado de muslo (o jamón). Dos de los representantes-fotógrafos eran más feos que picio, pero más feos que pegarle a un padre por navidad, y se les notaba halagados porque estas señoritas en bañador les sonreían, eran simpáticas con ellos. Pero, vamos, si yo fuera tan feo, por fuera y por dentro, no me atrevería a opinar tan taxativamente sobre la belleza ajena.

Qué trasfondo hay en todo esto. Qué cuerpo es el ideal: el de ánfora, el de pera, el de india, la delgadez etérea o la fecunda rotundidad. Yo creo que todo el mundo tiene su público, su pequeña o gran corte de admiradores, ésos que te brindan una sonrisa en el ascensor o un tímido guiño de ojos adolescente. Porque sí, porque hoy es hoy, y la cosa no va a ir más allá, porque es un regalo cotidiano, sencillo, puntual. Por mucho que te operes, nunca vas a ser más joven. Extremadamente preocupante es la cosa en el caso de las actrices. Es cierto que Hollywood jubila a las actrices a la edad de 40 años, pero de nada sirve operarse: nadie le da un papel a una actriz operada, a no ser que sea el de interpretar a una mujer operada. En fin. Confío en el deporte y en la alimentación sana, y no en ambicionar cosas insanas.

Y como decía Ronaldo, sí, el futbolista, que ahí sí que estuvo fino: “Si Dios no agrada a todos, no les voy a agradar yo”.

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