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En la ciudad subterránea






Hace ya muchos años muchos hombres marchaban alegres hacia la Ciudad Subterránea. Les habían prometido trabajo, bienestar y libertad; una nueva ciudad nacía sólo para ellos, para satisfacer las necesidades del hombre del futuro.

Pero las condiciones de trabajo resultaron ser muy duras, el salario muy escaso y a los hombres no les quedaba tiempo para estudiar, divertirse o atender adecuadamente a sus hijos. Estaban demasiado cansados.

Pronto surgieron las Guarderías Colectivas que atendían día y noche a los hijos de los obreros. Cuando los hombres se dieron cuenta del engaño, ya no pudieron escapar. Al principio, sólo actuaban contra ellos sutiles mecanismos de control social, como la suspensión temporal de sueldo o la amonestación pública. Más tarde se crearon instituciones destinadas a castigar a los desviados sociales, tales como el Almacén Regulador de Conductas o el temible Almacén Terminal, a donde iban a parar los irrecuperables para la sociedad.

Más de doscientos mil hombres y mujeres sacrificaban sus vidas en las fábricas de la Ciudad Subterránea. Nunca vieron los beneficios de su trabajo, ya que éstos iban a parar a la Asociación del Exterior, capitaneada por el Señor de la Ciudad Subterránea, cuyos miembros mantenían en secreto su fabuloso negocio a los ojos de todo el mundo.

A medida que iba pasando el tiempo, la gente del Exterior fue olvidando que hacía muchos años atrás familiares y amigos se habían marchado “a disfrutar de una nueva vida llena de esplendor en una lejana ciudad”. Nunca volvieron: forzosamente les tenía que haber ido bien. Y tranquilizaron para siempre su recuerdo en la memoria.

El pequeño tren se revolvía, convulso, y avanzaba inexorablemente, sin piedad, hacia lo oscuro. Engullía kilómetros y kilómetros, chirriando sobre sus vías, huyendo del todo de tierra y piedra que le atormentaba, que le envolvía como un útero amenazador.

Uno de los viajeros la miró repentinamente, con una mirada tan dura que Julia Turbine se estremeció. Julia se asustaba cuando la miraban así. Sabía que algunos condenados del Almacén Terminal habían logrado escapar, y que no habiendo logrado sin embargo huir al Exterior, cometían los peores estragos: una vez le contaron que una mujer había sido apaleada hasta morir y que encontraron su cuerpo desfigurado en las cercanías de la avenida Marshall. Mataban a los delatores de criminales y prófugos, pero Julia sabía también que a veces mataban sin justificación, para hacer pagar a otros su insoportable amargura.

Julia Turbine prefería no mirar a nadie y se enfrascaba en el examen de los carteles publicitarios del tren. Aquí había un "Desinsectado.15 de noviembre de 2023", allí el dedo de un Colón de papel que le apuntaba directamente entre los ojos recomendándole el uso de la Máquina Virtual: fabulosa contra el estrés, los nervios, el Síndrome de Soledad Perpetua, etcétera. En otra esquina, el ganador del mes del concurso "Viaje al Exterior" le sonreía esplendorosamente mientras estrechaba la mano de su benefactor: el Encargado de Viajes de la Esfera Dorada.

De pronto el tren paró en seco, violentamente. Julia miraba en ese momento a través de las ventanillas la rugosa y gris pared del túnel. Todo el mundo cambió el rictus, expectante. Los observó un momento: unos miraban al techo, otros al suelo y los más afortunados se parapetaban tras un libro o tras el periódico del día. Nadie hablaba con nadie. Así lo mandaba la Norma Social número 13.

La misma sintonía musical que siempre precedía a la voz de los locutores anunciando la próxima estación sonó por los altavoces:"Señores, tenemos una avería. Procuraremos solucionarlo en el mínimo tiempo posible. No se preocupen. Muchas gracias".A Julia se le encogió el corazón tras escuchar el lacónico mensaje oficial. Si como sospechaba uno de los locos sanguinarios del Almacén Terminal estaba allí, éste era el mejor momento para provocar una tragedia. Respiró hondo, pensó que quizás se estaba adelantando a los acontecimientos, y miró a su alrededor. Habría unas veinte personas más en el vagón.

Uno de los viajeros, un hombre de mediana edad que llevaba un abultado maletín de documentos, se levantó.
-Señores, me llamo Robert Smith y llevo una semana sin hablar con nadie. Estoy desesperado y ya que tenemos que estar aquí inmovilizados durante un tiempo, les agradecería que propusiéramos un tema de conversación y habláramos.

El silencio de ahora era aún más incómodo y terrorífico que los anteriores. Julia pensó en responderle, ese hombre necesitaba atención. Pero miró tímidamente a los demás y avergonzada de sí misma, calló y miró al suelo.



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