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La Esfera Dorada


En la Esfera Dorada había una gran inquietud. Allí, en el principal centro de comunicaciones de la Ciudad Subterránea, los ánimos se exaltaban a medida que pasaban los minutos y el problema no se solucionaba. El tren N-450 estaba detenido entre las estaciones de Peretti y Círculo, ocasionando el inevitable colapso de los demás trenes que cubrían el mismo trayecto. El conductor no había dado señales de vida y los hombres que habían intentado adentrarse en el túnel para desplazar el tren no habían conseguido volver. De esto hacía ya más de cinco horas y en la Esfera Dorada no se habían atrevido a mandar más hombres.

La Esfera Dorada era el punto de conexión entre el Interior y el Exterior. Sólo a través de allí se podía viajar de uno a otro mundo, y esto era siempre muy costoso. El carnet de viajero era carísimo y limitado. A veces, los circuitos de seguridad fallaban, y algún desesperado al que no le importaba el riesgo de perder la vida en el intento, conseguía escapar. Los que no lo lograban eran trasladados al Almacén Regulador de Conductas en el mejor de los casos.

La mitad superior de la Esfera Dorada estaba situada en el centro de un gran lago, a muchos kilómetros de la ciudad más cercana. Sólo algún excursionista que se perdía por aquellos parajes contaba después a quien quisiera escucharle la extasiante visión de una semiesfera dorada en medio de las aguas. Ninguna fisura, nada que pudiera entrever que la esfera era la conexión hacia otro mundo. Los pocos que la habían visto se preguntaban sobre el origen de tan sorprendente escultura. Pero las burlas de los demás, que no aceptaban que tal maravilla no estuviera inscrita en ningún libro ni en ninguna enciclopedia, les hacían desistir hasta del recuerdo. Y olvidaban.

James P. Hamilton no olvidó y se obsesionó durante toda su vida con aquel recuerdo fantástico. Se guardó muy bien de hacer el menor comentario a nadie y se dispuso a probar a todo el mundo la existencia de una mágica semiesfera, tan brillante como el sol. Recorrió las bibliotecas, devoró los archivos, siempre secretamente. No encontró nada. Había pensado incluso en hablar del tema con algún experto arqueólogo o historiador, pero el miedo a que le tomaran por loco le hizo desistir del intento. Aún así no quiso ceder, como muchos otros, a creer que todo era un producto de su imaginación y, para afirmarse en esta idea, un domingo de primeros de diciembre del año 2.023, volvió al lago para fijar aquella esfera en su memoria.

El lago estaba ese día más calmado y más azul que nunca y a James le fascinaba admirar los reflejos dorados de la esfera sobre el agua. Le parecía, incluso, que ésta se desplazaba por el agua, pero sin duda esto era tan sólo un efecto óptico.

Observó que por la ribera del lago se acercaba hacia él un viejo que le sonreía. Nunca había visto allí a nadie y la imagen de aquel viejo hizo que su corazón le bombeara más rápidamente que nunca. Con aquella persona SÍ podía hablar de lo que tanto le preocupaba. Fue corriendo hacia él y su alegría se volvió estupor cuando el viejo, tras agitar su bastón delicadamente, le dijo:

- Hola, James. Qué ganas tenía de conocerte.

Continuará



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