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Lara






El despertador sonó. Eran las ocho. Lara lo apagó con dificultad. Se levantó y fue hacia la cocina. Se notaba alterada y no sabía por qué, de pronto visualizó una escena de un montón de cadáveres arrastrados por la corriente en ríos de sangre.

- Oh, qué sueño más horrible he tenido.

Pero no era horrible. En el sueño Lara amaba a un hombre del que tenía un bebé, al cual amaba más aún. En medio de tanta desgracia, (Lara protegía a su hijo con su cuerpo bajo un dintel, cuando los bombardeos), se sentía inmensamente feliz de amar así, como madre y esposa. Relacionó.

- Oh, Afganistán. Estaba en Afganistán. No debería ver tantos informativos. Desde luego que no.

Tomó su café con leche y se dirigió a la habitación en busca de cigarrillos. De todas formas, sentía el entorno enrarecido. Ella misma se sentía extraña dentro de su piel. Hacía un mes que había regresado a Madrid. M. la había convencido para que se olvidara de Vallejo durante un tiempo. ¡Olvidarlo! Más bien había aprendido a llevar liviana o pesadamente, según las épocas, el peso del recuerdo de Vallejo. Sabía de todos modos que ya no había odio en su corazón para los demás. Todo se lo había gastado en Vallejo.

La encantadora e intensa vida social que había tenido desde su llegada a Madrid la había curado, momentáneamente. Entrevistas, promociones, recepciones… Sabía que se terminarían las flores y tendría que ponerse a trabajar en su próxima novela. La administración de la fortuna de su marido no le quitaba mucho tiempo. Mercedes era de total confianza y siempre le presentaba balances verdaderamente positivos. Cuando Carlos murió, se encontró con una fortuna que no esperaba: propiedades en las Bermudas, un piso en París y mucho dinero almacenado en varias cuentas bancarias de distintos paraísos fiscales. Nunca pensó que Carlos, tan insignificante, pudiera haber ganado tanto dinero en su no muy larga vida.

Lara se tumbó en la cama. Hoy no tenía ganas de hacer nada. Podría remolonear en la cama hasta que la señora de la limpieza la tirara de allí. No quería hacer nada, excepto recordar, concretar…

M. se había quedado en Galicia con el fin de vigilar los movimientos de Vallejo, tarea no fácil. No había visto hombre con más escondrijos y tapaderas. Su vida estaba hecha de laberintos. Y su red de confidentes y protectores, era muy extensa.

Recordó la última noche de amor con M. Había sido realmente reveladora. Se hubiera jurado que M. la amaba…si no lo conociera lo suficiente para suponer también todo lo contrario. Sí, era cierto que al día siguiente de llamarlo a la hacienda de Don Ramón Mínguez, M. ya estaba en España. Pero su sueldo por matar a Vallejo era motivo de sobra para cruzar el mundo en medio segundo. Estaba dispuesta a premiar con un cheque en blanco al que le librara del fantasma más terrible de su conciencia. Hacía ya tiempo que Lara había abandonado sus escrúpulos, aprendiendo a desligarse de toda consecuencia moral o física aún del más terrible de sus actos. Aprendió desde muy joven que las reglas del juego se endurecían en proporción directa a su escalada dentro de la estructura social. Recordó una noche hundida en el borde de los tiempos, en una playa caribeña. M. paseaba con ella por la orilla, los dos descalzos. M. le habló con franqueza, y se paró un momento a mirar la luna. “Mira, Lara, si eres débil, tu cabeza rodará tarde o temprano por el fango”. Gracias a M. Lara espabiló en la vida.

Continuará

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