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El apartamento

Clara se despertó pensando que había que picar enteritos los azulejos de la cocina y el baño. Sobre todo los de la cocina, con un horroroso y deprimente diseño setentero verde chillón, muy, muy hortera. Clara había vuelto a soñar con su apartamento de la gran ciudad, cuando ella vivía en realidad y prácticamente toda su vida en una casita de la playa. Ésta es su historia (su sueño):


El apartamento blanco
“Lo primero que recuerdo de mi piso es que lo veo desde lejos, y me veo a mí misma avanzando hacia él por la calle, llegando a la ciudad, contenta y relajada. Allí está, allá arriba, siempre inundado por el sol. El apartamento está situado en una séptima y última planta, hace chaflán, tiene grandes cristaleras y parece como la proa de un navío de acero y cristal que apunta hacia el cielo, destacando por encima del casco histórico de la ciudad. Durante años el edificio entero estuvo en ruinas. Yo me preguntaba muchas veces que qué hacía allí viviendo si todo estaba derruido. Recuerdo que era muy difícil llegar hasta allí, incluso peligroso. Parecía que el edificio siempre estaba en obras. A veces tenía que saltar sobre maderas tambaleantes, - y el vacío estaba debajo - , para llegar a otro piso. Todas las plantas no tenían ascensor. Todo esto cambió cuando se remodeló el edificio.

El piso es pequeño, casi un estudio, pero ahora es muy blanco, muy luminoso, las paredes son muy rectas y todo es nuevo. Por allí han pasado todos mis familiares pero yo me sigo preguntando que cómo es que tengo yo un piso en el centro de esta ciudad, si no pago ni hipoteca, ni contribución, ni gastos de agua ni luz...

Los vecinos por lo general, excepto los íntimos puerta con puerta, no me gustan mucho, pero hace años pusieron un mercado de abastos justo debajo de mi piso, en la sexta planta. A veces he soñado con escaleras mecánicas. El mercado me gusta porque es grande y hay de todo. Pero la mejora radical del edificio es la enorme terraza del octavo piso, una terraza común. Hace años hicieron un jardín maravilloso, un oasis extrañamente bello en medio de la ciudad, con parterres, huerta, y niños jugando.


El jardín curioso
Soy consciente del valor económico de mi apartamento al estar situado justo en el centro de la ciudad. Me parece lo más normal del mundo tenerlo y disfrutarlo, no investigo su procedencia y doy gracias al universo todos los días por tenerlo. A veces, me recuerdo sentada en el salón, algo que repito muy a menudo, con el pelo muy limpio y rubio, semicerrando los ojos porque un rayo calentito de sol y luz me está acariciando la cara. Estoy así unos instantes dulces, no hay tiempo ni espacio, y no percibo el ritmo de la ciudad, aunque sé que está ahí.

Había siempre mucho trasiego en el edificio, un continuo ir y venir de gente. No sé en lo que trabajo o si tengo un trabajo. No soy rica pero no paso necesidad. Disfruto de pequeñas cosas y placeres: pasear, unirme a las fiestas familiares en el jardín... En mis paseos por el mercadillo que hay en la calle, llevo una falda larga y el pelo recogido en un moño, con una mochila a la espalda. Los días que no hay mercadillo también hay mucha gente por la zona. La farmacia y muchos comercios están situados en los porticados. Todo es pequeño y estrecho, pero muy bonito. Para mí toda esta belleza, - las forjas de las ventanas, las grandes piedras de la pared, el adoquinado del suelo -, es absolutamente natural porque vivo aquí desde hace mucho tiempo. Al doblar en una esquina redonda del porticado casi me choco contra una señora.


Noche de los libros
A veces la casa está llena de libros, todos dispuestos sobre una gran mesa blanca. Cuando hay libros, siempre hay gente alrededor. Somos cinco o seis personas en el salón, que es prácticamente todo el piso. Parece que hacemos negocios, compra-venta de libros o algo así.

Otra vez alquilé el piso una temporada a un chico joven y volví en el mismo momento en el que los bomberos habían logrado apagar el incendio que destrozó mi casa. Desde la calle vi las paredes negras y me eché a llorar, pensando que cómo le iba a demostrar a los del seguro que el apartamento era mío si nunca había pagado hipoteca, ni comunidad, ni recibos, ni nada. Pero sabía muy bien que era mío.”



La vida transcurre tranquila y a veces Clara da largos paseos por la metrópolis, que conoce palmo a palmo. En su otra casa, al lado del mar, pasea por la playa y recuerda sus andanzas por la gran ciudad. Muchos de sus amigos y familiares de este lado también están allí, viven allí con ella al otro lado de su vida, y le acompañan por nuevos escenarios.



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