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Yuma







Yuma recordaba que ella era muy pequeña cuando su madre la aleccionaba sobre cómo debía ser en el futuro: bella y grácil, fuerte con las mujeres pero sumisa ante los hombres. Sólo de pasada su madre nombró a Atlantis, una de las sabias más importantes del reino, diciendo que toda regla tenía su excepción, sin darle mayor importancia. Pero Yuma se obsesionó con ese nombre y le pareció mucho más interesante descubrir la historia de la única sabia del reino más que aprender a ser bella y grácil. Eso la reconcomía: el tener que bajar la cabeza ante sus hermanos, incluso los más pequeños, y tener siempre una sonrisa preparada ante cualquier vejación. Su única hermana mayor era muy dada a darle consejos:”Aunque seas más culta que las demás mujeres, pues así te corresponde por tu posición de princesa de Arab, nunca lo demuestres ante los hombres, pues ellos te despreciarán y huirán de ti para siempre, dejándote sola y abandonada”.

A Yuma se le encogía el corazón, imaginando el resto de su vida convertida en una esfinge sonriente, hueca por dentro y cubierta de perlas y bordados por fuera.

Yuma estaba mirando la luna y las estrellas a través de los grandes ventanales, buscando su camino. Que no estaba allí, sino muy lejos. Se mecía en la mecedora, y con ella se mecían sus cabellos castaños sobre su túnica parda, la de las noches. Estaba triste, aunque no sabía por qué. Lo tenía todo para ser feliz, pero nada valía nada si ella no sabía para qué servía todo lo que la rodeaba. Ella quería hablar con el sabio Bruel. Él seguramente le enseñaría el camino de la vida, su sentido.

Hacía tiempo que sentía que Tristeza la había elegido como compañera, y ya no la abandonaría. ¿Qué iba a ser de ella? Dentro de poco cumpliría 18 años y debería partir a la Montaña de las Vírgenes, a fin de ser preparada como sacerdotisa. Ése era su destino como segunda hija del rey. Pero podía no tener aptitudes para ello y entonces sería repudiada por su familia, desterrada más allá de los confines del reino, tras la Cordillera Azul, donde todos los que iban no volvían jamás.

- Yo me prometo a mí misma escribir todos los días, para que todos sepan qué hay allí, más allá de la Cordillera Azul.



Porque Yuma no estaba segura de pasar el examen. No confiaba en ella misma, ni en sus dotes como sacerdotisa. Cualquiera de sus hermanas habría sido mucho más adecuada para interpretar las revelaciones del Sabio Bruel. Entonces, ¿por qué ella?, ¿por qué no la dejaban vivir en palacio jugando, comiendo, durmiendo, como había hecho hasta ahora? Le aterraba salir al Exterior. La vieja doncella interrumpió sus pensamientos:

- Váyase a dormir inmediatamente, Yuma. Debe estar fresca y bella para mañana. Mañana cumple usted 18 años.
- Ya, no es eso lo que más me aterra.
- ¡Es maravilloso cumplir 18 años! Mañana será mujer, y ése es el rango más precioso que se puede obtener. Mañana empieza la vida, señora.
- De qué sirve ser mujer si ni siquiera seré libre. Yo quiero ser por siempre niña y vivir aquí eternamente.
- ¡Vaya sarta de tonterías! - y, empujándola, la arrastró hacia la cama - ¡buenas noches, princesa!

Pero Yuma no podía dormir. Al fin, se obligó a sí misma, y durmió, para que al día siguiente sus ojeras no delataran su no-obediencia. Soñó que estaba en otra clase de mundo, con otra clase de personas, que nadie le guardaba honores de princesa, que todas las casas eran de cristal y ella se reflejaba como si fuera otra, otra mujer, en los vidrios de colores. Oh, mi larga melena ha desaparecido. Soy una sacerdotisa desterrada. ¿Qué puede haber peor que eso? Si soy una princesa desterrada, le fallo al rey, pero si soy una sacerdotisa desterrada, le fallo al mismo Dios.

La doncella le despertó.

- Vamos, vamos, querida, va a empezar la ceremonia.


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