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Que me des las llaves del cortijo







La mujer de bandera aparcó delante de la carnicería y tocó el claxon con todas sus ganas.

Nada. Nadie. A ver si me voy a tener que bajar del coche.

Catalina, con su vestido floreado, excesivamente corto, abre la puerta de la carnicería con decisión y le increpa al hombre del mostrador:

- Que me des las llaves del cortijo, que tengo que ir a limpiar los cristales.

El hombre se disculpa ante una clienta, abandona los cortes certeros que le estaba propinando a una pierna de cordero, y acompaña a su mujer fuera. Saca las llaves y se las da.

- Me estaba quedando muy bien el corte, es una buena clienta, ¡que me hundes el negocio, Catalina! No hay cosa que más me corte la inspiración que cuando me interrumpen despedazando una pierna de cordero. Por cierto, hermosísima, ¿la has visto?.
- Bla, bla, bla. Adiós.

En el coche, Catalina se sumerge en sus pensamientos, mientras mira gozosa sus piernas desnudas, que asoman bajo el dobladillo y siguen hasta el acelerador.

Este camino… ¿es que no lo van a asfaltar nunca? A ver, trapos, bayetas, limpiacristales, lo llevo todo. Venga, que sólo son 20 cristales, empiezo por este mismo. Que no, Paco, que el futuro son los alemanes, hacer salchichas alemanas, todo eso, y no la carne de aguja que vendes a granel entre las viejas del pueblo que no pueden coger el coche y largarse al supermercado más próximo. Si es que todo ha cambiado y lo sabes.

Ay, Mipaco, si es que lo estropeaste todo. Pero a quién se le ocurre enrollarse con una tía del pueblo, que a mí me da igual lo que hagas, ya te lo dije cuando nos casamos, que el ligue más próximo a 500 km. Pues no he tenido yo que aguantar a todo el mundo la pesadez durante varios meses, sobre todo he tenido que aguantar a la Mari, que le han dolido tus cuernos públicos como si se los hubieran puesto a ella. Que qué iba hacer, que si me iba a divorciar. Qué carajo me voy a divorciar yo. Pero, hijo, que me has dejado como una tonta, sin serlo. Aún te he pitado poco el claxon, tenía que haberte empotrado el coche directamente en el mostrador. Eso lo pienso pero no lo hago, claro.

A estas sartenes no hay quien les quite la grasa, me duelen los brazos de darle al nanas, me suda el escote, y me acuerdo de ti, cuando teníamos tiempo para querernos.

Y mira lo que te digo. Has cambiado todo, pero no sabes ni cuánto. Al niño no lo llevo más al catecismo, se me va a echar la familia encima, aún más, pero es que agarro al niño y me largo de aquí, como no colabores en frenar a las cotillas, que esas tías son poderosas precisamente porque no hay ningún tío que les parta la cara. Que ahora resulta que hay uno de Roma que dice que se es pedófilo porque se es homosexual, y no celibatario. Claro que sí, éste sí que sabe: balones fuera. Pues a mi niño no le mete mano ni dios. Además, ¿qué hace este cura aquí? ¿Estaba en una gran ciudad y de repente, de la noche a la mañana, lo mandan a mi pueblo, o sea al culo del mundo? Uf, qué mal rollo.

Pero qué buena estás, Catalina, pero limpia, limpia el espejo y mírate bien. Voy a dejar los cristales transparentes de puro limpios. Voy a poner pegatinas en éstos grandes que dan al jardín, no se me estampen los morros de los posibles compradores. A ver si vendemos esto de una vez, que no lo podemos mantener, ni venirnos a vivir aquí, madre mía, hay que poner el agua, la luz, restaurar toda la planta de arriba… Con lo contenta que estaba yo en la fábrica, ganando mi dinerito, pero así lo dijo ese señor que vino de la capital, para dulcificarnos el trance: que trasladamos toda la producción a Shanghai, que muchas gracias, señoras y señores, por los servicios prestados.

Bueno, le voy a echar una mano a Mipaco en la carnicería, que cada vez que le digo lo de largarnos a Nueva Zelanda se me asusta un poco. Pero tiene que entender que ser cornuda en un pueblo pequeño no es fácil. Aunque peor es lo de la chica, que se ha tenido que largar del pueblo directamente, acosada por casquivana, y ya sé yo que no lo era, vaya si lo sé. Pero si eso ya es agua pasada, por dios. Nosotros ya lo hemos superado, por qué no ellos. Cuándo nos dejarán en paz. Sí, hoy, entre filete y filete, me arrimo a él y se lo digo: ¿Y Shanghai? ¿Y Marruecos que está más cerca?

¿Y dónde sea, cariño?








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