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En la biblioteca de Babel






Una gran biblioteca llena de libros
En mi nuevo barrio, uno sale de la urbanización, aparta los pantalones que, colgados, luchan por abofetearte la cara, y se encuentra inmerso en el mercadillo. La crisis promueve las auténticas gangas y consigo un conjunto de Plein Sud por cuatro euros. También algunas camisetas y ropa para mi vástago. Y no siento ninguna vergüenza porque es cierto que las celebrities visten de Prada y Clhoé principalmente, pero también de Zara y mercadillo. Igual es una leyenda, pero dicen las malas lenguas que hay una camioneta, que sólo está unas horas, y que vende auténticas marcas a precio de saldo. Si algún día la encuentro, os lo diré.

Como siempre, en el mercadillo, abundan las interesantes conversaciones. Un gitano increpa al otro, mientras “el otro” echa marcha atrás su camioneta de abultadas dimensiones: Ey, que te llevas por delante la parada. El gitano-conductor contesta con celeridad: Aparta tú la mierda de parada que tienes, que voy con mi súper camioneta para allá. Una mujer grita: Nenas, nenas, pasad, pasad a la boutique. Y es cierto: hay cosas de boutique. En un puesto a todo a un euro, la vendedora grita emocionada a todas las clientas: Chiquitas, comprad, comprad, ¡tenéis garantía de siete años!

De repente, me doy cuenta que mi barrio es fantástico, siempre lleno de abogados elegantísimos que aparcan por mi zona y van siempre llevando en una mano el maletín y en la otra el teléfono móvil. Hoy mismo había un rodaje cinematográfico a unos escasos metros de mi casa. Me imagino que era una película de envergadura, porque el equipo de imagen y sonido era absolutamente profesional.

Decido investigar a fondo el mercado de abastos que tengo enfrente de mi casa: lanzo un pie, luego el otro, y ahí estoy. Decido también en este momento de mi vida apartarme en la medida de lo posible de las grandes superficies y realmente sentirme inmersa en la auténtica calidad: será un poco más caro, pero es cuestión de combinar. Siento auténtica delicia paseando entre los puestos: pescados, carnes, ultramarinos… Decido también hacer amistad con las viejas e integrarme con hermosa voluntad en el barrio: ellas te contarán todas sus enfermedades, pero a cambio te pueden decir también dónde está la mejor ternera de añojo de todo el mercado.

Pero aún no había descubierto el paraíso. De repente, qué veo, libros. Oh, dios, un punto de lectura a un tiro de piedra de mi casa, dentro del mercado de abastos. Le pregunto al bibliotecario cómo puedo llevarme libros a casa, y él percibe mi fascinación por haber encontrado una pequeña biblioteca en un sitio así, donde puedes arrear con dos doradas y también con una obra de Vargas Llosa bajo el brazo: algo que me parece una combinación irresistible. Me pongo nerviosa con el bibliotecario: mediana edad, atractivo, pelo largo y dos pendientes de brillantes. Tiene toda la pinta de ser un chico que no respeta los límites. Y a mí, destrozar límites, um, cómo decirlo, me inspira especialmente. No sé por qué, insiste en que me lleve un libro ahora mismo. Como no le quiero destrozar el escaparate, renuncio (pero sólo por ahora) a un libro que se me antoja maravilloso: El tofu en la cocina y me intriga que a este ingrediente se le pueda dedicar un libro de 300 páginas. Al final me llevo un best-seller del 2002, El club de las chicas temerarias, de Alisa Valdés-Rodríguez, que va sobre un grupo de amigas que decide, contra viento y marea, reunirse dos veces al año para compartir experiencias. Las amigas sobreviven a decepciones, a batacazos de la vida, pero no perdonan esas dos citas al año.

Sé que no voy a encontrar novedades en este punto de lectura ni en ninguna biblioteca de mi comunidad, donde el gobierno autónomo no muestra ningún interés por un libro que tenga menos de dos años de publicación. No puedo evitar acordarme del caso noruego, donde el gobierno compra mil ejemplares de cada libro nuevo que se edita en el país y los distribuye por la red de bibliotecas de todo el estado.

Pero… simplemente, tener todos esos libros, ahí, tan cerca, a la misma distancia que el puesto de frutas y verduras… me parece una cosa mágica.





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