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Interesante esto del fútbol






Reconozco que soy una futbolera de baja intensidad, que sólo ve el fútbol de la selección española cada dos años, Eurocopa y Mundial. Aunque sigo siendo pudorosa con el uso de la bandera de España, y no me la pongo en el balcón. En realidad es novedoso que a nivel deportivo la bandera esté muy reivindicada, pero aún estamos muy lejos de llegar a lo de los anglosajones, que se la ponen en los bikinis, en las chanclas, en la puerta de su casa, en el coche…

Con el fútbol, aunque no seas patriótico, se te despierta la cosa patriótica. Más aún en tiempos de crisis. Ante tanta tristeza generalizada, triunfa el cine de evasión, como ocurrió en la década de los 30: ir al cine era un placer razonablemente barato. En estos tiempos, hasta una boda real sueca nos sube el ánimo. Leo en El País un artículo muy interesante sobre el humor en tiempos de crisis, cómo la gente busca la evasión, la frivolidad más chabacana, gente que en Facebook se hace fan de páginas como “Yo también doy un euro para que Belén Esteban alargue sus vacaciones, y no vuelva” y cosas así. Y el fútbol también es un placer muy barato, accesible mediante la televisión. Son tiempos de dolor, en los que uno se siente inútil, al pairo de la macroeconomía y abandona conscientemente su deber y su poder de hacer algo por cambiar la situación. Nos evadimos.

Observo que escritores de magnífica pluma se lanzan a comentar los pormenores de este mundial. Leo el post-artículo Pulsión de muerte, de Enric González, una pulsión de muerte que nos remite a Freud y que induce a algunos individuos (y equipos, según este periodista) a querer volver a su estado original, es decir, a la nada. En este mundial, los grandes equipos, (casos de Italia y Francia), han mostrado una faceta autodestructiva enorme, que nos ha sorprendido a todos. Sólo hay que ver cómo han vuelto los franceses a casa, escondiéndose de la afición y la prensa, como si hubieran cometido un delito. Sí, han montado un escándalo sin precedentes, se han peleado todos con todos, pero también han renunciado a sus primas. Me parece increíble que Sarkozy trate esto como un problema de estado y que Henry baje directamente del avión, y sin pisar su casa, se vaya a El Elíseo para hablar con el presidente. Cosas veredes.

Lo que yo veo es que el espectador, con el juego de España, siente desasosiego. Tras el tropezón frente a Suiza, hemos ganado, pero sufriendo. Cuando Italia cayó eliminada, no pude evitar sentir el frío en el cogote. Pensé: aquí nadie está a salvo. Me desesperé con las palabras de algunos jugadores españoles sobre que no piensan cambiar de estrategia, que con ésta les ha ido bien hasta ahora, afirmación que me preocupa enormemente porque en este mundial estamos aprendiendo que cualquier pequeño te puede tirar fuera. Digo yo que el alma de cualquier estrategia es saber adaptarse a los cambios, saber que los chilenos no se hunden si les metes dos goles, y salen como si nada, a matar.

Increíble la actuación de Villa, ese guaje, míralo, con la cara de cantante de Estopa que tiene, de chico de barrio, y qué goles mete. Y qué decir de Casillas, este chico era mono, pero ahora se ha hecho un hombre muy interesante, con unas facciones elegantes, afiladas, este chico tiene algo de espiritual que no sé por qué me retrotrae a algunos cuadros de El Greco.

También leo que en Pretoria, (en realidad, en toda Sudáfrica), la población está golpeada por una criminalidad endémica, donde los ricos construyen varios muros electrificados de hasta diez metros de altura para proteger sus mansiones, separados por senderos de protección iluminados. Me da por relacionar y me acuerdo de Coetzee, el insigne autor originario de Ciudad del Cabo, del que he leído sólo 30 páginas de Esperando a los bárbaros, porque es el monólogo de un torturador que te escribe en primera persona y que justifica sus decisiones. Cómo voy a seguir leyendo, si esas 30 páginas aún me duelen.

Olvidándome del fútbol, fui a comprar unos libros, y tuve la suerte de escuchar la deliciosa conversación de dos clientes, que, casualmente, habían comprado los dos sendas obras de Schopenhauer, matizando sin embargo uno de ellos en el transcurso de la conversación que este autor no es tan pesimista como Wittgenstein. En ese momento, cuando uno escucha estas cosas, es como si uno se alejara de la mugre, como si flotara entre nubes. Hubiera dado parte de mi brazo izquierdo, es un decir, por tomar un café con estos dos señores y que me pusieran al día de sus lecturas. También pensé, ya que yo había adquirido Dublinesca, que me podía quedar toda la tarde haciéndole compañía a la agradable cajera, a ver si alguien compraba una obra de Vila-Matas. En ese momento, yo le miraría a los ojos, un breve brillo, una mirada cómplice de entendidos… y quizás, nos enzarzaríamos en una tertulia de horas… y descubriríamos, pasmados, que absortos en el análisis de los diversos libros de Vila-Matas, no hemos visto el partido de la selección.

Se nos ha olvidado.


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