Buscar

La balada de Lucy Jordan






La mujer más feliz del mundo no tiene camisa, sólo un coche que va a cumplir catorce años, pero que es como una nave espacial que la transporta desde el pueblo a distintos mundos y atmósferas: el trabajo parcial en el aeropuerto, el bar de amigos en el centro de la ciudad, el supermercado más próximo, una playa en las afueras. De vez en cuando hilvana historias con hilo de coser, y atrapa cuentos que cree merecen ser contados algún día. Lleva un vestido viejo que parece nuevo, cubierto de flores rojas.

Ella está en un bar y escucha La balada de Lucy Jordan. Se da cuenta de que ella también tiene 37 años y que nunca ha estado en París. Que no ha podido conseguir que él esté sentado junto a ella, aquí, en este momento, tomando un café. La canción es triste, ella ya la había escuchado otras veces, pero ahora cobra un significado especial. Fuera llueve, pero no oye el sonido de la lluvia, sólo oye cantar a Marianne Faithfull, con su voz rota. Y recuerda que también es triste que Marianne no tenga más éxito con su carrera musical en solitario, éxito que merece después que los Rolling Stones depreraran algunas de sus canciones sin darle derechos de autor. Marianne, cantas tan bien…

En el aeropuerto gana poco, pero la casa en la que vive tiene un patio con limonero donde el dinero no es tan necesario, ni tan urgente. Las vecinas, como es costumbre de apoyo mutuo, le dan de vez en cuando un cazo con el plato del día: arroz con conejo, cocido con pelotas, deliciosa sopa de alcachofas…Ella corresponde ayudándolas de vez en cuando a hacer zapatos, y regalando limones, porque el limonero, que se esfuerza por crecer por encima de los tejados vecinos, da limones todo el año y es podado regularmente. Es lo primero que se ve nada más entrar a la casa: los colores verde y amarillo entrando a raudales por la enorme cristalera e inundando todo el salón.

Cuando anochece sale a correr por la huerta en compañía de un amigo-vecino, está contenta porque hoy corrió un poquito más que ayer, siente que su capacidad torácica es más ancha hoy que ayer, vuelve con la visión de la bruma sobre el río y con los ojos llenos de verde-oscuro-vegetación. Una niña deja olvidado su paraguas en un charco y su madre no se da cuenta. Lo recoge, corre un poco más y se lo da.

Con los pies mojados de los charcos pisa las pequeñas teselas del mosaico antiguo del suelo de la casa y los mira desde arriba. Los zapatos son verdes y el suelo es de todos los colores. Descubre, otra vez, que él no está. Y tararea la canción de Marianne. Pero no lleva ni un ratito en la casa y ya están los amigos llamando a la puerta. Es una casa donde los amigos entran y salen, y se charla bajo las ramas del limonero.

Los amigos traen música, alegría, noticias del pueblo. Y ella desea sólo estar siempre bajo las ramas del limonero, ya no sola en un bar de la ciudad, presa de la melancolía. Sentados en el patio, ella ve volver al gato después de su paseo cotidiano. Manchado de barro, le acaricia los pies.



2 comentarios:

mera

Está muy bien el relato. Me encantó.
Best wishes.

Carmen

Thanks a lot....

pero se me ha olvidado incluir lo de Marco jeje, a la próxima...

Publicar un comentario

Related Posts with Thumbnails