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En algún lugar de Hispania...s.III d.C. Segunda parte







Los vecinos de Orito de los Puertos se dirigían con celeridad hacia la escuela de la aldea, donde los romanos iban a juzgar al bardo por desvelamiento de secretos de estado. Los romanos empiezan a desgranar una por una todas las acusaciones del Imperio Romano contra el reo. El legionario intenta congraciarse con la multitud.

- Nosotros nunca nos llevamos el oro…

Y contesta un hombre en nombre de todos.

- ¿El oro? ¿Qué oro? Él no dijo nada de eso. Él se refería al dorado de nuestras almas.
- Ya, bueno, pero dijo unas cuantas cosas… ¿no?

El hombre le habla claramente.

- No se preocupe, nosotros también pensamos que nuestro amado jefe Demetrius Luganum es un pedante. Por eso no nos vamos a pelear.

Todos en el juicio testifican que el bardo no dijo nada de lo que dijo. Un viejo muy enfermo, y muy cabezón, pues había querido asistir al juicio a pesar de la oposición de toda su familia, no hace más que delirar y repetir una y otra vez:

- ¿Y lo de Castromanes? ¿Cómo que el fondo del mar está lleno de tuberías de plomo, los deshechos del imperio, que contaminan a los peces? ¿Quién decidió que eso fuera un vertedero? Yo ahí tenía una casica en la playa. Aún tengo la llave…

El legionario sigue hablando, intentando ignorar al delirante.

- Según la Ley de Espionaje de 313 d. C..…

Y responden todos a coro:

- Que todos consideramos ilegal….

El legionario abre los ojos como platos, los mira a todos como si fueran ranas abiertas en canal, carraspea y sigue:

- Según la alta Ley de Espionaje del mencionado año, el bardo está condenado a ir a Roma a que se lo coman los leones, y sirva de espectáculo y escarnio a toda la población.

De pronto, un clamor de pavor surge desde todas las gargantas al constatar que el bardo iba a ser ejecutado. Hasta que empezaron a escuchar un rumor.

Todos pudieron oír los gritos y cánticos de alegría de los niños del pueblo aproximándose hacia la escuela. Como en un enjambre de gaviotas, los disciplinados niños de Orito de los Puertos que habían estado copiando documentos durante toda la noche frenéticamente, abrieron los ventanales y trampillas superiores de la sala del juicio y tiraron una lluvia ingente de papiros y tablillas que cayeron sobre los romanos y la multitud. Los reclutas fueron recogiendo esos papiros y leyendo, y se oyeron gritos de horror entre ellos.

- ¿Cómo que los soldados ya no gozamos de los dos pletros de tierra prometidos a la jubilación en provincias? ¡Llevo toda mi vida en el ejército esperando por esa finca!
- ¿Cómo que la guerra contra los bárbaros no es para el ennoblecimiento moral del César, sino para lucrarse con sus negocios?

Con los romanos paralizados y consumidos en su propio miedo, y los niños sembrando el caos, los habitantes de Orito de los Puertos aprovecharon para sacar al bardo de allí en volandas.

Unos meses después…

El bardo vive feliz en el paraíso fiscal de la isla de Xatarca, protegido por todos los vecinos. Un barquito va todos los días para llevarle comida. A bordo va también el alumno más brillante de todo el pueblo, que se encarga de tomar nota de todo lo que dice el poeta. El bardo se comunica con el resto de los trovadores del continente, recibe noticias y las emite, toma decisiones.

Un jinete en su caballo, un viajero del tiempo, llega todos los días al puerto, antes del amanecer, para no ser observado. Allí entrega cada día al barquero la lista de apoyos de ciudadanos insignes del Imperio y otros documentos.

A veces los vecinos se preguntan qué hacer, cómo colaborar. El bardo siempre les dice lo mismo: ¿Yo estoy tranquilo? Pues vosotros también.



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