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You Can't Stop the Beat





Mujer con libro en la playa
Acabo de comprar No hay silencio que no termine, de Ingrid Betancourt. Buscando información sobre el libro en la red, descubro horrorizada que una de las imágenes más buscadas en Google Images es “la violación de Ingrid Betancourt”. Leo a Ingrid porque quiero saber qué es el verdadero dolor y cómo una novela puede ser terapéutica para la autora y sus lectores al sanar en parte una historia sangrante, la de Colombia. Cuando oigo críticas negativas sobre ella, pienso que cómo se puede vilipendiar a alguien que ha sufrido tanto. Hojeo el libro y me doy cuenta que no sé si seré capaz de aceptar tanto sufrimiento. Por eso, contraviniendo mis propias costumbres, quiero sentir esperanza y leo el final, un final que todos conocemos, el increíble y medido al milímetro plan de liberación del ejército colombiano, la denominada Operación Jaque, que tuvo lugar en julio de 2008. Ingrid cuenta como en ese momento de libertad siente que vuelve al mundo de los vivos. Siente cómo Caronte, después de haberle mostrado el reino de Hades en toda su crudeza, la transporta suavemente de nuevo en los brazos para devolverla al otro lado de la vida. Dice también Betancourt que escribió la novela en francés para poder distanciarse de la historia, ya que en español le dolía todo. No hay silencio que no termine es uno de los últimos versos del poema de Pablo Neruda “Para todos”.

En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart
Vuelvo a releer En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart, (1945), porque es una recomendación de Enrique Vila-Matas, escritor del que sigo sus recomendaciones a pies juntillas y dice sobre la novela de Smart que la calidad de una novela se mide en su relación con la alta poesía, algo que este libro tiene a manos llenas. Hace años que mantengo una prudente distancia con la poesía, para qué embriagarme si no dispongo de tiempo…La poesía no te pide permiso, te agita el corazón y el alma como si fueran ingredientes básicos de un cóctel explosivo, puede hacer que anule todas mis citas, que no trabaje en el día de hoy.

Leer a Elizabeth fue un sobresalto. Es su amor tan sincero, tan obcecado, que observo con estupefacción que alguien se vacíe por dentro de esa forma y grite a los cuatro vientos: El mundo me da igual, lo que importa es mi amor. Se enamoró del poeta George Barker cuando leyó un libro suyo en la librería, y decidió en ese mismo instante que ése era el hombre de su vida y que no pararía hasta conseguirlo. Para el lector, lo de menos es que consiguiera su objetivo, como así sucedió en realidad y vivieron toda su vida juntos en Londres. Lo que me apasiona de este libro es la desvergüenza maravillosa de la autora. Habla de Dios como nunca he leído, un dios personal, lleno de amor. Entonces su cabellera, cayendo como la tristeza, flota en el parque desierto, y el viento la empuja con las hojas muertas; o recuerdo su gesto, tembloroso de tan cargado de sentido, cuando le acariciaba a él las sienes con el dorso de la mano.

La escritora Elizabeth Smart

Los libros nuevos yacen vírgenes sobre la mesa del despacho, y acaricio sus lomos, impaciente por estampar mi nombre y la fecha. C.M.F, julio de 2011. Leyendo a Elizabeth recuerdo una vez más mi propia novela de amor pendiente, de la que ya tengo unas doscientas páginas, pero por algún motivo que ignoro, no arranca. Los protagonistas son también un hombre y una mujer que se aman en la distancia y mantienen correspondencia. En una de esas misivas ella le manda anotadas las medidas de su cuerpo. Él dibuja su cuerpo en un papel de patrón sobre la mesa de la cocina. Leer a esta novelista canadiense no hace sino confirmarme que debo seguir adelante, que si alguien puede escribir sobre el amor de una forma tan sublime, es mi derecho intentarlo, es como si la autora me hubiera dado permiso para ser tan deslenguada e irreverente como ella. Cada autor nuevo que leo me concede una licencia, un permiso precioso para volar por mí misma.

Alejandra en el 15M

En este verano reflexiono sobre el 15M y me acuerdo del libro Indignaos, (y maravillaos, añadiría yo), porque un solo libro de un escritor francés de 93 años, Stéphane Hessel, hizo prender la mecha entre la juventud española, (y no en Francia, curiosamente). Observo con placer que grandes mentes apoyan el movimiento, entre otros, José Luis Sampedro o Eduard Punset, y se me antoja algo hermoso, casi milagroso, que la juventud escuche a nuestros mayores. De repente, es como si recuperáramos algo fundamental de nuestra cultura, desde Sócrates y Platón, el aprender de la experiencia, del pensamiento sosegado. El 15M es pacífico, pero ha demostrado una alta efectividad y capacidad para influir en los cambios del sistema. Ahora, banqueros y políticos quieren convertir el 15M en un partido político, pero ellos sólo quieren avances sociales y económicos efectivos y reales. Un dirigente comunista pide por favor que le admitan en el movimiento. Y pienso que los jóvenes tienen ahora una oportunidad histórica de reclutar mentes brillantes. Qué más puedo decir a esta maravillosa juventud, sino gracias. Gracias, Alejandra, por enseñarnos a soñar de nuevo, por demostrarnos que la senda de la utopía es la mejor cartografía que pudiéramos imaginar, y que conseguir lo imposible es sólo una vuelta más en el camino.

Foto Alejandra. Fuente: El País







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