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Empapelando a Cañiz (La casa de Marga)






- “Este editorial me va a quedar de narices. Lo van a flipar los lectores. Yeaaah”

Aquí estoy, hablándome a mí misma con un hilo de voz. Giro la cabeza y veo a mis compañeros de Redacción concentrados también en sus ordenadores. El pensamiento cae como un credo: “Ésta es la mejor profesión del mundo“. De repente, suena mi móvil. Es Marga.

- Aaaarrrrgggg. Lucía: me va a dar un ataque. Nunca me casaré.

Le contesto:

- Pero, Marga, ¿cómo dices eso?
- ¿Por qué bajas la voz, Lucía?
- ¿Cómo que por qué bajo la voz?- y le susurro sibilinamente al otro lado de la línea - Porque estoy sentada con 20 redactores más, todos con orejas muy dispuestas y por que, Marga, son las ocho y media, es sábado y lo más seguro es que haya daños colaterales, ya te contaré... De aquí no salimos hasta las once de la noche. ¿Qué te pasa? Rapidito, ¿eh?
- Pues lárgate pitando a la sala de fotocopias. Esto es urgente.
- Voy.

Me levanto con mi móvil hacia la sala de fotocopias no sin antes mirar fijamente a mi compañera de mesa y decirle:

- Es la pesadita del gabinete de prensa del Ayuntamiento. Que no hemos mencionado que los niños asistentes al acto de la entrega de medallas del Campeonato de Judo eran del colegio Lasarte. Esto exige privacidad.
- Lo entiendo - me dice mi compañera con absoluta convicción.

Cierro la puerta tras de mí en la sala de fotocopias.

- OK, Marga. Desembucha.
- Lucía: se acabó Fleepic.
- ¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
- Ya lo sabes. Estoy suscrita a un programa de contactos con solteros y me acaba de llegar la última carta de los horrores. Y son tan cínicos que lo llaman la lista de los solteros deseables. ¿Deseables? Tengo la líbido en los talones.
- Tía, no me jodas. Estamos empapelando al constructor Cañiz, el ejemplar de mañana es su sentencia de muerte. Venga, va. ¿Qué ha pasado?

Y Marga se desahoga como un torrente al otro lado del teléfono, percibo que es su misma vida la que corre por el espacio etéreo hacia mí y también percibo que el director me está buscando como un loco por toda la redacción. Cierro la puerta con pestillo.

- ¿Pero qué necesidad tengo yo, Lucía, de estos sobresaltos? Saltando de analfabeto emocional en analfabeto emocional… así no hay manera.
- Te doy el consejo de un amigo. Nunca te lo creas cuando te digan “te voy a comer las bragas”.
- Ja, ja.
- En la comunicación escrita todo es mentira. Espabila.

El grito de mi director traspasa la puerta y me golpea directamente en el cerebro como un certero dardo de cerbatana.

- Lucíaaaaaaaaaaaaa. ¡Abre la puta puerta! ¿Qué coño está pasando aquí?

Cuelgo el móvil con celeridad y aparezco ante mi director con cara de circunstancias.

- Disculpe, era importante. Un asunto confidencial.

Mi director se queda callado dos segundos.

- Lucía, Lucía, establece prioridades y no me vuelvas loco, el editorial de Cañiz, lo quiero en mi mesa en diez minutos.
- Hecho.

Respiro profundamente mientras veo en la pantalla los tres párrafos del editorial. Pienso en mis diez minutos y en Marga. Retoco todo, y como necesito un buen titular, y rápido, me levanto y estiro las piernas un par de minutos. En esto de estirar las piernas, y agarrarnos la barbilla mientras miramos al techo a ver si viene la inspiración, nos respetamos todos. Imprimo el editorial y se lo llevo a mi director pensando que la suerte está echada y mañana se va a armar la de Dios.

- Ahí lo tienes. Pura seda saliendo de mis dedos. El tema lo vale.

Vuelvo a mi puesto y espero mis felicitaciones. Siempre son discretas, pero muy bonitas. Este director sabe animar a la tropa. Y también nos echa broncas monumentales cuando procede, generalmente merecidas. Hoy no dice nada pero sale a la puerta del despacho dos segundos, con el editorial en su pecho, y me muestra su pulgar hacia arriba con una gran sonrisa.

Pienso: “Así da gusto.”

Lucía Scoop





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