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Vestida de azul






La pequeña iglesia románica se encuentra completamente vacía. Sólo un enorme rayo de luz que entra por una de las ventanas ilumina justo la zona que se encuentra delante del altar. Pienso que estos clérigos me tratan muy bien, y mi novela está realmente avanzada. No creo en su religión, pero me estoy dando cuenta que cuando me cruzo con sus sonrisas beatíficas por el claustro, me están iluminando de algún modo. Nadie me molesta, todo es respeto. Desayuno, como y ceno con otros huéspedes, no con los monjes. En realidad, ya siento envidia y curiosidad, quiero saber cuál es la causa de esa sensacional alegría. Pero ellos no me dejan entrar, a las misas, a sus reuniones, no hablo realmente con ellos. Al igual que la familia judía neoyorquina con la que conviví un año y tampoco me dejaron saber el secreto de su felicidad.

Pero a lo que íbamos. Estoy aquí para pedirle algo a Dios. Me acerco a su representante más directo, una talla de madera de Jesús lleno de lágrimas de sangre. “Me caes bien, Jesús, te sobra mucha parafernalia…”, pero como dice Patti Smith “moriste por los pecados de otros, no por los míos”.

- Pues empezamos bien.
- ¿Qué? - digo yo, mientras giro la cara y en la penumbra veo que la talla me devuelve la mirada. Él ni se inmuta.
- ¿Qué llevas en esa bolsa?

Y ya, resoluta, aceptando un nuevo milagro más de todos los que llevo vividos aquí, aunque éste se sale, le suelto:

- Pues mira, unos hábitos azules que mi prima la cartuja me regaló. Vengo a pedirte algo. Y me dejarás que siga la ceremonia.
- Por supuesto.

Así que saco los hábitos, los coloco encima de mis pantalones vaqueros y mi camiseta, y me tiro con los brazos en cruz al suelo.

- ¿No eres un poco exagerada?
- Es que esto es muy serio. Estoy enamorada de un imposible, así que por favor, me lo tienes que solucionar. No me moveré de aquí hasta que me des una única ilusión en un mar de infinitas ilusiones.

De pronto, aquí estoy, tumbada sobre el suelo, con la cabeza ladeada, y mi mejilla tocando sobre el mármol, y siento el frío, y sé que aquí estoy bien. Aunque me perturba que un clérigo pueda entrar y verme en esta situación. La talla de madera me contesta.

- Mira, he analizado fríamente la situación y es verdad, es imposible. Es gay y está casado con una respetable dama de la alta sociedad por interés. Eso es lo que me dice el ordenador.

Levanto mi mejilla del frío suelo.

- Me la suda. Es el hombre de mi vida. ¿No estuvo Robert Mapplethorpe con Patti Smith muchos años? Pues arréglalo.
- Pero sexualmente no se entendían muy bien.

Abro los ojos.

- ¿Cómo?

Aplasto de nuevo mi mejilla contra el frío suelo y empiezo a reírme. Me levanto, me quito los hábitos casi con desesperación y le digo a la talla.

- Pues entonces, vamos a dejarnos de tonterías - y con una sonrisa de oreja a oreja, una de ésas de las mejores, de las que te ríes de ti misma por ser tan estrepitosamente tonta - gracias por todo…

En ese mismo momento oigo la puerta que se abre y la voz de un monje detrás de mí.

- ¿Sabe que no está permitido a los huéspedes entrar a la iglesia?

Le contesto.

- Ah, pues yo lo he hecho. Y les agradecería mucho que me invitaran a una de sus misas nocturnas.
- No. Eso rompe el reglamento.
- Ya. No quieren turistas. Oiga, esto no es una misa de Harlem. Quiero saber por qué esa sonrisa.

El monje, muy sorprendido, echa un paso hacia atrás y me dice:

- ¡Pero amiga, pero qué dice usted, usted gasta la misma sonrisa, no necesita venir a la misa!

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