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Las alas doradas






Érase una vez una niña que se fue a pasear al bosque con sus padres. Al paseo por la naturaleza se habían unido algunos amigos de sus padres y los hijos de éstos. Marta jugaba a la pelota cuando ésta se escapó hacia el río y la niña corrió por la vereda hacia abajo detrás de ella. Logró atraparla antes de que siquiera tocara el agua y decidió volver al punto de reunión familiar.

Mientras subía por el camino con la pelota en sus brazos, intentaba mirar esforzadamente hacia la pradera donde se suponía estaban sus familiares y amigos, frotándose los ojos y no acertando a creer lo que no veía.

Porque no estaban. No había nadie. Nada. Estaba completamente sola en el bosque y empezó a pensar que todos los preparativos de la mañana, su viaje en el coche, su vida en el colegio, todo había sido un sueño y que la realidad siempre había sido ésta: haber vivido siempre sola en un bosque. Se puso a llorar pero notó como unas pequeñas y rápidas manos le quitaban las lágrimas. Abrió los ojos y vio una hermosa y minúscula hada de alas doradas que le decía “ven con nosotras al reino de las hadas”.

A pesar de que las hadas le trataban muy bien, Marta no era del todo feliz. Al principio añoraba a sus padres, aunque poco a poco les fue relegando al último rincón de su cerebro, ahí donde más duele. Pero más tarde tampoco se sentía feliz pues se sentía diferente en el mundo de las hadas y ambicionaba ella tener también unas alas doradas. En ese limbo de tristeza, de sentirse desterrada de dos mundos a la vez, se quedó dormida. Pero Marta soñó tanta tristeza, tantas pesadillas, que las hadas se despertaron sobresaltadas, entendieron inmediatamente e invocaron al viento del Norte que vino veloz a transportar suavemente a la niña al otro lado de la vida.

Cuando Marta volvió a casa, ya era carnaval, y sobre la cama de su habitación había unas alas doradas con una nota de su madre: Bienvenida siempre, hija, ya nos contarás.






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