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Marga y Lucía bajan a Second Life (La Casa de Marga)





- ¿Estás ahí?

El mensaje parpadea en el Skype mientras Marga vuelve de la cocina con su café en la mano. “Pues menos mal que esta vez me he pillado el apartotel“. Lucía espera unos instantes.

Yo, Lucía, aquí estoy, en Almara, en casita, y Marga está dando un curso de didáctica del cine en el aula en Madrid. Como es tan comercial, se vende muy bien a sí misma. Tuvo la idea, el cine como transmisión de valores éticos y morales para alumnos de secundaria, y ahora vende los cursillos por toda España a universidades, sindicatos y colectivos de profesores. Ésa es mi Marga: le vendería un hielo a un esquimal, todo lo contrario que yo, que no sé vender ni un sello, ni jamás he entendido eso de “tener una visión comercial de ti mismo”.

Marga gira la cabeza. “Ah, Lucía me ha escrito“. Se sienta en el ordenador mientras se deja acariciar por el suave sol madrileño que entra por la ventana. Piensa que la jornada ha sido agotadora, sobre todo por el alumno-profesor que le cuestionaba el valor de la película de Cadena de favores. “Hijo, si no lo ves…”

- Sí, estoy.
- Entonces qué, ¿estás decidida? ¿Nos metemos en Second Life?
- Sí, todo correcto, soy Marga Milena, ¿y tú?
- Soy Caty Copperfield.
- Qué mono. Te pega. Qué bien, es nuestra primera vez juntas. Oye, ¿y qué tal? ¿Cómo va todo en Almara?
- Bien, hemos abierto la sede virtual del periódico, venga, bájate y te lo enseño. Quedamos en Second Spain. Está justo al lado.

Marga y yo nos reconocemos entre todos los stands de regalos que llenan Second Spain.

- Joer, Marga, hasta aquí abajo estás buena. ¡Y el melenón que te has puesto!
- A ver… Tú tampoco estás mal. Morenita, sencillita, como eres tú. Jeje.
- Jeje ¿Nos vamos a la Sandbox a cambiar el modelito? Ya empiezo a estar cansada de estos vaqueros.
- OK.

Rápidamente aparecemos en la Sandbox más cercana.

- Mira, Marga, ése está construyendo una casa. ¡De tres pisos!
- Toma, y ése Alicia en el País de las Maravillas… pero no hay ni rastro del conejo blanco.


Totalmente revestidas de nuevo, muy lejos del nivel de desnudez que impera en este antro, nos acercamos al stand de mi periódico y veo que atendiendo el puesto está mi compañero Manuel, el último becario en llegar a la redacción. Intento animarle.

- Tío, no te basta con traer cafés, que también te asignan esto. Y llevas corbata… ¿Órdenes de Arriba?
- Pues sí, tía, pero yo estoy aquí ganando pasta y tú estás de bureo con tu colega.
- Pues sí. Pero sigo pensando que SL es una chorrada chorramayor. No lo digas Arriba.
- Yo qué voy a decir. Como si me importara algo.
- Pues eso.

Nos alejamos del stand y le pregunto a Marga:

- ¿Te apetece visitar la antigua Roma?
- OK, vamos para allá. ¿Andando o teletransporte?
- Teletransporte. Más rápido.

Aparecemos en medio del Foro de Roma. Una mujer está dando un discurso. Nos parece raro una mujer dando un discurso en la vieja Roma, pero esto es Second Life, el mundo patas abajo.



Le doy un codazo a mi compañera de aventuras digitales.

- Oye, que ése le quiere dar un tortazo a ésa. Anda, hazle algo a ese tío.
- Jaja, ni lo dudes.

Y mi amiga construye una enorme piedra en 3D, que le cae encima al tipo, y rebota y se va lejos. Que no le hace daño, pero el colega nos está mandando puñalitos con la mirada. Ostras, y se cabrea la tía también y veo que vienen hacia nosotras. Hay que pirarse. Le grito a mi amiga:

- ¡A la biblioteca romana, rápido!
- ¿A la de Campo de Marte o al Palatino?
- ¡A la de Marte!

Marga y Lucía teclean la dirección de la biblioteca y aparecen en la puerta en cuestión de dos segundos.

- Uf, de buena nos hemos librado.
- ¿Sabes que en realidad esta biblioteca es un prostíbulo, querida Caty?

Algunas bibliotecas aquí abajo son prostíbulos, siguiendo la costumbre griega y romana de decirle a la mujer: Me voy a leer un rato. Y las bibliotecas estaban llenas de pasadizos que llevaban a los hombres del saber al placer o viceversa.

- ¿Queréis un poco de buen sexo y ganar unos lindens?

Miro al tipo que ha tenido la brillante idea de disfrazarse de mendigo para entrar en este tugurio. Ignoro cómo piensa ganarse la confianza del personal femenino. Pero lo miro sólo una centésima de segundo, porque Marga pega un grito hipohuracanado que crea varias ondas visuales en el paisaje y me levanta a la vez varios pelos del flequillo.

- ¡Pues va a ser que no! Lucía, larguémonos de aquí.
- Buf, vaya tardecita llevamos, oye, terminemos en Atvatabar, lo creé el otro día como reino….. Veamos amanecer en Atvatabar y desconectamos, que tengo que preparar la cena. ¿Las clases van bien?
- Estupendísimas. Les estoy explicando por qué ningún director ha tenido todavía c…j…es para llevar a la pantalla La ley del Amor, de Laura Esquivel.
- ¿Ah, no?
- No.
- Jo, qué fuerte. Vale, teclea Atvatabar 3232750, aún lo tengo con entrada restringida.



Cuando llegamos, Marga abre la boca con admiración y me pregunta:

- Hija, ¿dónde estamos?
- Debajo de Nueva York. Espera, te pongo el efecto de “Amanecer en el sueño dorado de Atvatabar“.

El sol interno que nunca fenecía, pero que ahora puedo controlar con un simple clic, ilumina los océanos de Atvatabar.

- Te ha quedado precioso, Lucía - dice Marga desde el punto más alto del acantilado en el que nos encontramos- Volveré. Me voy a cenar a un restaurante que está aquí en los bajos de los apartamentos, no tengo nada en la nevera.
- Muy bien, yo también voy a cenar, pero aquí, en casita. Besos
- Besos

Lucía Scoop
(Continuará)
La Casa de Marga

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