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Un garbeo por el puerto (La casa de Marga)







Como tengo tiempo de sobra, -esa suerte tenemos los de prensa, que te puedes permitir tardar en arrancar muchas mañanas- me voy dando un tranquilo paseo hasta la zona marítima de la ciudad para recabar información y fotos para mi reportaje sobre el puerto. Antes de realizar mi trabajo me dirijo a mi mirador preferido, que está cerca de los amarres de los yates de lujo y pienso para mí: “Sólo cinco minutos”. Mientras apoyo mis manos en la barandilla y aspiro agua, sal y yodo, decido creer por un segundo que soy Kate Winslet en la proa del Titanic y que Leonardo Di Caprio está a punto de aparecer. La brisa marina me envuelve y es como si me dejara llevar. Tras todas estas sensaciones autoregaladas, un corto lapso de tiempo felizmente zambullida en la irrealidad, decido despertar y me largo a currar.

Cuando llego al puerto de pescadores lo primero que me llama la impresión es que está todo limpísimo. Intento ver entre las aguas alguna muestra de suciedad, y todo me parece poca cosa, no hay cadáveres de pececillos, ni plásticos, ni nada escandaloso. Aquí no hay noticia. Aún así, me aseguro y le pregunto a los pescadores que qué les parece el puerto y todos me dicen que es uno de los más limpios del Mediterráneo. Ahí es nada. Me quedo tan pancha, y llamo a Jorge, mi redactor-jefe.

- Oye, que no hay noticia, esto está súper limpio.
- ¿Cómo que no hay noticia, Lucía? A ver. A ver. No lo has entendido bien. Da igual cómo esté el puerto, porque el titular ya está: El puerto está muy sucio. O algo así.

Aquí ya despierto del todo, y me doy de morros contra el muro de la realidad.

- Pero, Jorge, ¿cómo me puedes decir eso? ¿Te estás creyendo lo que dices? ¿Eres igual que los de Arriba?

Y noto cómo baja la voz al otro lado del teléfono.

- Lucía, sólo creo que quiero conservar mi puesto de trabajo. Haz lo que te digo. Ahora mismo echas unas latas ahí, haces unas cuantas fotos y te vienes para acá.

El día se pone de repente muy turbio y tengo una crisis existencial mirando las limpias aguas que se supone tengo que manchar para poder sacar la foto. No sé si lo haré. Y si lo hago, no firmaré, pero me sentiré sucia igualmente. Llamo a Nico, porque yo esto no puedo perpretarlo, y me da un alegrón y me dice que se viene corriendo para acá. Le veo a lo lejos aparcar el coche y viene riéndose hacia mí.

- Ja, ja, Lucía, pareces Madame Butterfly a punto de lanzarte por la borda. Mira que eres dramática, mujer, pero si esto está hecho.
- Pues si es tan fácil, hazlo tú.
- De acuerdo.



Decidimos manchar sólo un pequeño área del agua, echar allí las fotos y luego recogerlo todo. Nico, tan tranquilo, está haciendo las fotos como si estuviera retratando bodegones. Pero yo me siento mal.

Llego al periódico, escribo el artículo como si me fuera a un velatorio por alguien muy querido, y firmo "Redacción".

Cuando llego a casa veo que Marga no está, así que me tengo que aguantar las ganas de despotricar contra mi jefe y contra el mundo en general. Como estoy nerviosa y triste, y maldita sea, no tengo a nadie con quien hablar, decido montarme el spa, que para eso mi compañera de piso instaló el jacuzzi hace un tiempo y vaya si se lo agradezco. Mientras noto cómo mis músculos se reblandecen es como si mis dos angelitos del Bien y el Mal mantuvieran una animada conversación. El Bueno me dice que quizás sería mejor ir cambiando de trabajo. El Malo me dice que de qué me preocupo, si todo el mundo lo hace, que nadie me señalará mañana con el dedo. Intento no pensar más en ello, y dejo que las burbujas se conviertan en mi piel en una espuma de esperanza, como si por un mágico proceso encerraran dentro de sí mismas una promesa de un futuro mejor.

Lucía Scoop
(Continuará)

La casa de Marga

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