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Marga y Lucía se van a Suiza (La casa de Marga)





Estoy recién levantada, sola en la casa y no hago más que pensar que estoy en crisis. Pienso que quizás éste no es el trabajo de mi vida. Siempre he soñado con ser periodista, pero que me paguen menos que a mis compañeros varones, como acabo de descubrir, me sienta fatal. De pronto dan un portazo a la puerta, Marga aparece en el salón, y no me deja ni abrir la boca.

- Vámonos a Suiza, Lucía, tenemos que ir.
- ¿Queeeeeeeeé?
- Pídete unos cuantos días libres en el trabajo.
- Bueno… en realidad, ya los tengo. Me quieres decir qué está pasando.

Y Marga me cuenta la llamada de una mujer, contándole que ella también es amante del arquitecto.

- Qué me dices, Marga.
- ¡Pero no veas lo que me ha dicho la mujeruca ésa! ¡Que me quite de en medio! Marga Rosales no se quita de ningún sitio, pues menuda soy yo. Éste se va a enterar. Como dice Bebe, estoy harta de llorar. Nos vamos a Suiza. Cuento contigo, Lucía. Él está ahora en Japón pero volverá dentro de unos días a Lausana. Pero nos vamos pasado mañana, y así podremos esquiar en un resort, para que vayas conociendo aquello.
- Marga, me deja de piedra verte tan resolutiva. ¿Qué ha pasado con estos cinco años de esperas lánguidas al teléfono, de ser cegata ante las aproximaciones de otros hombres?

Mi amiga empieza a comparar al arquitecto con el gran amor de su vida. Como ya me contó, le perdió la pista hace tiempo porque el tío vive en San Petersburgo. Ella ha conseguido contactar con él después de quince años.

- ¿Me estás diciendo que por un amor de juventud la has estado cagando quince años consecutivos buscando pésimos sustitutos? Eres peor que cualquiera de las protagonistas de las novelas de Corín Tellado: una romántica incurable.
- No sé si es justo haber contactado con el primer Mario después de tanto tiempo. Está felizmente casado y tiene un hijo. Creo que he provocado un cortocircuito emocional y cósmico.
- Pues soluciónalo.
- Eso haré. Aunque aún no sé cómo hacerlo.

Mientras Marga se mete en Internet a toda prisa para cerrar los billetes de avión, el resort y el hotel de Lausana, yo me voy emocionada para mi habitación a preparar la maleta, porque este viaje me viene que ni pintado. Ahora mismo esta ciudad, Almara, me ahoga y sólo quiero estar lejos de aquí. Oigo grititos de emoción desde la habitación.

- ¡Ya tenemos los billetes! ¡Pasado mañana volamos a Suiza! Llegaremos a Zúrich y allí alquilaremos un coche para llegar a Crans-Montana.

Esto es lo mejor que me podría pasar después de saber que da igual lo que me esfuerce en esta profesión. Que soy mujer y todo me costará el doble. A ver si abro los ojos de una vez: en prensa escrita no hay prácticamente jefas y así no sé cómo proyectar mi carrera profesional. Necesito un cambio de escenario para reflexionar.

¡Allá vamos, Suiza! ¡El país más neutral del mundo nos espera!

Marga me llama y me enseña en el ordenador varias fotos del lugar donde voy a aprender a esquiar, porque yo no he tocado unos esquíes en mi vida, pero bueno, habrá que intentarlo. Todo lo que veo en la pantalla del monitor me parece maravilloso. Empiezo a soñar despierta: Me voy a traer la maleta cargadita de chocolates, voy a pillar moreno de montaña y daré una envidia enorme a toda la Redacción. Ah, la envidia. Los compañeros nos lo pasamos pipa dándonos envidia unos a otros: que si uno ha estado en Barcelona venga de ver museos, que si el otro ha estado dos semanas en Galicia poniéndose ciego a marisco... Cuanto más lejos y más apasionante el viaje, mejor.

Lucía Scoop

(Continuará)

La casa de Marga

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