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Marga y Lucía viajan en avión (La Casa de Marga)





Estoy emocionada porque hace un montón de tiempo que no subo en avión y voy dando saltitos de alegría con mi maleta por todo el aeropuerto. Después de facturar las maletas para Zúrich, que es allá a donde vamos, Marga me dice que ya no sirven alcohol en el avión, o cuesta mucho conseguirlo, aún pagándolo, porque todo el mundo quiere beber para combatir el miedo a volar, y las azafatas no dan abasto.

Así que raudas y veloces nos dirigimos a uno de los bares del aeropuerto a pedirnos sendos whiskys. Casi se nos atragantan. En la misma y larguísima barra en la que estamos sentadas hay una larga fila de pilotos tomándose también un whisky y no puedo evitar sentir un ligero temblor preguntándome si es que acaban de aterrizar o peor, están a punto de despegar. No puede ser que uno de ellos sea el nuestro. Marga se carcajea con la copa en la mano.

- ¿Cuál será el que vuele por primera vez? Ja, ja, siempre tiene que haber alguno.

Marga, que está más ducha que yo en esto de volar, no para de decir borderías, pero gracias al combinado comienzo a estar de mejor humor. Los pilotos desaparecen de mi vista, eso también me tranquiliza y nos dirigimos a embarcar.

Nada más sentarme en mi sillón, y menos mal que me ha tocado ventanilla porque si no me pongo a gritar, me pongo mi cinturón de seguridad, aunque todavía falta un buen rato para despegar. Intento estar relajada pero a medida que se acerca el momento del despegue, me pongo más nerviosa y pienso que necesito otra copa.

Marga me suelta:

- No te preocupes. El momento más peligroso es éste, el del despegue, luego en el aire no pasa nada.

La madre que te parió.

Pactamos que hay que conseguir un par de copas más como sea y mientras mi amiga hace un montón de aspavientos a las azafatas, y aporrea el timbre como si le fuera la vida en ello, me pongo a mirar por la ventanilla el trasiego de los operarios cargando maletas, para calmar la tensión. Me giro y le explico a Marga, aunque no sé si me oye, por qué este viaje es tan importante para mí, que me lo estoy planteando todo, y le hablo de la cinta que me envió Celia, que todavía no sé qué puede significar eso para mí. Si la gloria o la ruina profesional. Ella me dice que este viaje también puede significar su gloria o su ruina personal.

- Espero que todo sea mentira, Lucía. ¿Cómo Mario me va a hacer algo así?
- Ya, y la mujer que te llamó, quién era, ¿una aburrida de la vida que no tiene otra cosa que hacer?

Por un segundo, Marga se sumerge en el silencio. Pero pronto seguimos conversando sobre cómo sobreponernos al desastre.

Llegan las copas y nos seguimos quejando de lo injusta que es esta vida, pero llega un momento en el casi no podemos ni hablar, porque tenemos delante un grupo de canarias que son la caña y no paran de hablar solapándose las unas a las otras. Son muy simpáticas y están contentísimas porque han dejado a sus maridos y a sus hijos en las Islas Afortunadas y antes de pisar suelo suizo, ya se lo están pasando en grande. Una de ellas, que se apercibe que estamos en el ajo de la conversación, como todo el pasaje, la verdad sea dicha, dado el volumen que se gastan, se gira hacia nosotras.

- Ja, y ésa que está ahí dormida es la médica, porque ya se ha puesto buena a vinachos en el vuelo desde Canarias. Ja, ja, ya se ha inyectado varias veces vitamina B12 en lo que llevamos de viaje. Fijaos que cada dos por tres se va al baño. En cuanto se despierte de la mona lo podréis comprobar.

Como dice mi compañera de curro Fátima: Pero qué brutalidad.

De repente, una sacudida del avión despierta a la médica, que sólo alcanza a farfullar "qué coño pasa" mientras se quita con desgana las gafas de dormir. Otra sacudida aún más fuerte nos calla a todos. Marga y yo nos damos cuenta que estamos en medio de una tormenta eléctrica y, de repente, a una de las canarias le da un ataque de pánico. Todos podemos escuchar perfectamente sus gritos, porque entre el resto del pasaje nadie dice ni mú, y el silencio es aplastante. La médica, que ha revivido como por encanto, intenta calmarla.

- Ey, que no pasa nada, tranquila.

Pero qué va. La chica grita todavía más fuerte, mientras se tapa la cara con las manos de puro terror.

- Pero, ¡tú no sabes todo lo que se me está pasando por la cabeza!

Y ahora sí, la médica despierta definitivamente, ya se pone seria, la agarra fuertemente por el brazo y Marga y yo la oímos hablar muy bajito, pero muy claramente.

- Igual que a todos. Todos podemos imaginar lo peor de lo peor. Compórtate, por el bien de todos. Tienes que conservar la calma por si hay que agarrar el chaleco salvavidas o la máscara de oxígeno. Así que, cállate.

Eso parece ser lo definitivo porque la chica se calla de inmediato. El discurso también hace mella en nosotras, que cerramos los ojos y nos aplastamos contra los sillones haciendo nudos con los puños en la tapicería, a ver si así logramos ayudar de algún modo a la ley de la gravedad, y no elevarnos como muñecos hasta el portamaletas.

El comandante intenta tranquilizarnos diciéndonos que estamos atravesando unas simples turbulencias, pero no nos tranquiliza nada. La tormenta por fin pasa y aún nadie se atreve a hablar. Nadie habla hasta que finalmente aterrizamos. Cuando el avión se para definitivamente en la pista, y ya sabemos que no se va a mover ni un centímetro más, todos aplaudimos alborozados e histéricos al comandante.

Ya estamos en Zúrich y todavía nos queda un buen tirón hasta llegar a Crans-Montana, que es donde voy a aprender a esquiar. El plan es pasar dos días esquiando en el resort, volver a Zúrich y coger un avión hasta Lausana a esperar que llegue el arquitecto desde Japón. Alquilamos un coche y Marga se mete en el cuerpo cuatro horas conduciendo hasta Crans-Montana. Vamos por una impresionante autovía de seis carriles a cada lado, y todo el mundo se mueve a una increíble velocidad. Marga me dice:

- Esto es como volar. Como bailar. Una perfecta coreografía ejecutada en compañía de otros. Qué increíble, qué nivel de seguridad.

Lucía Scoop

(Continuará)

La Casa de Marga

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