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Viejas del visillo, gallardonadas y demás purgatorios





El cómico José Mota ha puesto nombre a una realidad subyacente de la realidad española con el popular personaje de la “Vieja del visillo”. Este país está lleno de viejas del visillo, y a veces son hombres, como el ministro Gallardón, que dice cosas como que la maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres o que hay una violencia estructural para que la mujer aborte, a lo que muy bien respondió Ignacio Escolar, hablando más bien de hipocresía estructural en un país en el que las ayudas a la maternidad brillan por su ausencia. Nos viene el ministro encantado de ser ministro a decirnos cuál es la verdadera realidad española. Será que se nos había escapado.



En Estados Unidos triunfa la serie de TV Suburgatory. Una novísima serie americana que trata de un hombre neoyorquino que se divorcia y decide darle una vida mejor a su hija, y se trasladan a vivir a una zona residencial. La hija empieza a alucinar cuando cree haber llegado al mundo de las mujeres perfectas de Stepford, la película de Nicole Kidman, donde todas son esposas, todas llevan una vida conservadora basada en la vida doméstica, donde cualquier aliento por la diferencia, por estudiar, aprender, son rechazados y perseguidos sistemáticamente.

En España, las viejas del visillo son mujeres (y hombres) en realidad de todas las edades. Pueden habitar los llanos de Ciudad Real, (los orígenes de José Mota), o pueden vivir en la huerta murciana, o en un pueblo andaluz. Las posibilidades son infinitas.

En las ciudades las viejas del visillo encuentran su territorio natural en una urbanización con piscina, como rasgo de distinción social. Desocupadas como están, se empeñan en educar a los hijos de los demás y en crear enemistades entre los niños. Eso sí, con toda caridad cristina, matarán a sus niños a ir a la catequesis y se quejarán amargamente por todo el tiempo que les ocupa. Al igual que en Suburgatory, su único motor vital en la vida es la envidia: quién es la más guapa, quién tiene más dinero, quién come entrecot o bogavante, quién se va de vacaciones y quién no puede pagárselo. Quién se ha separado, quién mantiene un lío con alguien mucho más joven. Pasarán la vida estupefactas, intrigadas y con la boca abierta preguntándose por qué muchas madres no quieren bajar a la urbanización, “con lo bonito que está todo esto”.

Las viejas del visillo del siglo XX crearon la cizaña entre familias, y controlaron férreamente a hijas y nietas durante décadas. El control social a las mujeres se ejercía desde la infancia, y todavía perdura una pesadilla colectiva de conservar la reputación de las hijas, más por lo que se diga que por lo que se haga.

Muchas mujeres de mi generación deseamos romper esa herencia penosa de culpabilidad transmitida de generación en generación, perfectamente retratada en la tragedia de La casa de Bernarda Alba, donde Bernarda es la perfecta abeja reina mítica y destructora de vidas en flor. Queremos ser Adela, y disfrutar a nuestro hombre sin tener que pagar con nuestras vidas por ello. Es nuestra labor no permitir que pase a la siguiente generación todo un trauma heredado de control social a las mujeres dentro de la familia que tiene una historia de siglos. Conozco una compositora musical muy renombrada que tiene lo que podríamos decir una vida perfecta, creativa, pues su señora progenitora lo que más le preocupa no es que su hija haya creado una banda sonora maravillosa para el cine, lo que más le preocupa es que su hija no enseñe escote en los conciertos, así durante 30 años. Como Bernarda Alba, nunca se cansa.

La vieja del visillo es un personaje que aparece también en la película Thelma y Louise. Es la imagen de la mujer anciana mirando inquisitivamente a una Louise que fuma compulsivamente en su coche, desde la ventana de su casa, mientras Thelma está atracando una tienda. De repente, se nos presenta la confrontación de dos mundos diferentes: el de la mujer libre que ha decidido seguir su propio camino, aunque sea un camino inesperado, hacia la libertad, y ese mundo de ancianas mirando por la ventana. Y en un solo segundo te das cuenta que su vida siempre ha sido así: encerrada en una casa mirando por la ventana a las demás, que están viviendo, como los hombres de la caverna de Platón que sólo veían sombras pero no participaban de la vida.

Puede descansar tranquilo nuestro ministro Gallardón, que hay un ejército de viejas del visillo dispuestas a ocuparse del control de las demás mujeres. No hacen falta ni leyes restrictivas, la mujer asentada en el stablishment, la “neomujer” (blanca, heterosexual, casada, con hijos) siente rencor hacia las mujeres libres. Al igual que en el mundo árabe, donde las mujeres cuando envejecen perpetúan la tortura a la nuera tal y como fueron torturadas ellas en su juventud, las actuales y muy hispanas mujeres perfectas de Stepford han luchado denodadamente por alcanzar un status de “respetabilidad” e intentan socavar a toda mujer que “se sale de la norma”.

Gracias, José Mota, por sencillamente, ponerle nombre a las cosas.




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