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La pareja del tren


Una pareja de ancianos se da la mano

Ayer, un tren de cercanías se convirtió en una cápsula cósmica del tiempo, un espacio con entidad propia, esos tiempos de la vida donde no importa dónde va uno, sino con quién va. 

Ayer escuché a una señora muy elegante en sus modos y formas, pero más bien elegante por dentro, expresarme su agradecimiento por todo, a los médicos que tratan sus deshechas rodillas, a su Dios, un dios generoso y entrañable, que a mí me cayó muy bien: Ojalá fueran Todos así. Agradecida por todo: Por su marido, por su familia, por la vida. 

Yo creo que la señora y yo nos reconocimos enseguida. 

Observé con deleite y algo de envidia la adoración del hombre hacia su mujer. Venían de visitar el médico en la ciudad, y él sujetó entre sus manos y durante la hora que duró el viaje los pies de ella para que sus rodillas no sufrieran. 

Ella ha adelgazado 20 kilos por recomendación médica ya que sus articulaciones no pueden soportar tanto peso. Y empezó a desgranar una por una todas las cualidades de su cariñoso enfermero. Y a medida que iba contando, yo me iba estremeciendo un poco, cómo él le cuenta a diario los gramos de la comida para no engordar, como los dos están inmersos en una lucha denodada para que ella sobreviva. 

Él, orgulloso, me enseñaba las llaves de su coche, sacándolas de su bolsillo, y diciéndome: “Con 83 aún conduzco“. 

Vaya par de valientes. Emigrantes en París, allí se conocieron y qué contentos cuando les di la enhorabuena por sus 47 años de casados. No pudieron tener hijos, y el destino les ha deparado una vejez amable duramente cotizada en Francia, y casi sentí placer cuando me dijeron que pasaban todos los veranos en una casita en Torrevieja. 

De repente, ahora que mis mayores se han ido y un modo de vida desaparece ante mis ojos definitivamente, es como si se acrecentara el respeto (que siempre he tenido) por las personas mayores y por sus historias. Algo se pierde si no les escucho, porque ser viejos es de valientes. Ella me contó que reza a todas las vírgenes. Ella cree firmemente que cada persona que conoce le trae bondad, que cada persona que conoce es un ángel que le transmite paz y protección. 

Podría haberle dicho “soy atea y no creo en esas cosas”, pero cómo negar la evidencia. Había algo en ella imanente, una energía especial. 

La luz de sí misma que ilumina el mundo. 

A la vuelta, en el mismo día y en otro tren, encontré el contrapeso. Una pareja tan joven que te causaba estupor que llevaran un bebé de pocos meses entre los brazos. Él, guapísimo, pero de asustar. En cambio, a ella no se la veía muy feliz. A punto de finalizar el viaje, me di cuenta por qué. El chico en cuestión no era gracioso, era graciosillo, y contaba chistes malos por doquier. Y a ella estos chistes no le hacían ninguna gracia. Y si no te hacen gracia los chistes de tu marido a los 20 años, apaga y vámonos. 

Qué te queda por vivir, niña mía.

2 comentarios:

mera

Hay viajes impagables. Muy bien.

Carmen

Sí que es verdad. Gracias, un abrazo.

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