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Peluquerías


Ir a la peluquería puede ser un suplicio

“Estáis todas como una cabra y os vais a hundir en el fango“, es lo que pienso después de hora y media de tratamiento en esta nueva y flamante peluquería del barrio. Hora y media llevamos y con pocos visos de terminar pronto. En plena crisis, ellas intentan venderme todos los productos Kerastase que inundan los anaqueles. Es una peluquería recién abierta en un barrio de clase media venida a menos, como todas las clases medias de todos los barrios de España. 

Por suerte, yo sólo quiero hacerme unas mechitas rubias y salgo medio contenta. Pero es memorable la reacción de la clienta de al lado, cuando comprueba que su tinte con mechas bicolores no es “bi” sino que contiene hasta cuatro colores diferentes. Un desastre. Mala reacción de las peluqueras que se ríen por lo bajo y buscan complicidad visual conmigo, complicidad que no les doy porque no se lo merecen y me dedico a leer una revista de famosos cuya vida me importa un carajo, pero hay que escaquearse como sea de la situación. 

Conmigo no cometen tal atropello colorista, pero a medida que va pasando la tarde me voy dando cuenta que el tinte color azul de los pelos de la peluquera no es un detalle sin importancia, sino toda una declaración de intenciones, y siento cierto temor. No puedo evitar recordar ahora con cierto estremecimiento las palabras bromistas de mi hija: “Mamá, tíñete el pelo de rosa como la princesa Chicle, que es súper lista y crea vida con sólo un montón de chucherías, eso sí, con la ayuda de su mayordomo Menta que tiene poderes sobre el inframundo”, (O_O). 



Pienso que soy la mujer más suertuda del mundo, porque evidentemente mis mechas ahora parecen doradas, que es lo que yo había pedido. 

Como digo, es una peluquería nueva, de diseño, con precios competitivos, eso es verdad, y todas las mujeres del barrio vamos cayendo por allí a olisquear, porque nos parece muy bien que “el lujo” venga hasta nuestro barrio y no tener que bajar al centro a buscarlo. 

Pero el lujo no es tan lujo cuando descubres que la peluquera se ha hecho peluquera precisamente para poder contar su vida con todo lujo de detalles a las clientas. Cuando de toda la vida es el barman, el peluquero o el tendero el que atiende los rollos del cliente. Decido que voy a aguantar a esta tía estoicamente durante las tres horas que dura todo el proceso. También decido en este mismo momento que nunca volveré. El salón ofrece servicios de estética y sólo imaginar a la peluquera parlanchina dándome un masaje tailandés durante dos largas horas me hace sentir escalofríos, un puro pavor. 

Pero en todo hay belleza, hasta en las situaciones más absurdas. Asentada bajo el secador gigante, veo que entran dos mujeres hispanoamericanas muy humildemente vestidas y claramente con mucha alegría de poder entrar a una peluquería “de lujo”. Observo con estupor que una de ellas está dispuesta a desprenderse de su larga, sedosa y espectacular melena morena, pero le puede más la ilusión. Mientras pienso “quién pillara esa melena“, veo que le hacen un divertido y atractivo corte bob que realmente la moderniza. Su amiga, aún más emocionada, pide cita para el día siguiente, porque “yo también quiero cambiar”. 

Observo con extrañeza el color de mi pelo. No es el mismo que obtuve ayer, como si hubiera cambiado de un día para otro. Busco como una loca el spray aclarante de camomila y me lo aplico durante todo el día buscando el sol de la terraza. Les deseo mucha suerte a las profesionales de la peluquería de todo el mundo, a las que espero encontrar próximamente, (deben existir), quizás en otro barrio o en otro planeta. Se admiten sugerencias;) 

Un saludo y hasta pronto.



2 comentarios:

mera

Mañana voy, que tengo una boda.

Carmen

que te dejen bien reipeneao y bien guapo, y que sean buenos profesionales. Salud y suerte!!

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