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El hombre del súper

Fruta y verdura en el supermercado

Mi ex_amigo (naturalmente pongo con mucha intención lo de “ex” y ahora mismo lo entenderán) se burló en complicidad con una cajera de un pobre hombre mal vestido, sentado en la salida del supermercado, que no pedía dinero, pero se le veía confuso y perdido. 

Pensé que igual tenía miedo, que estaba solo y asustado. Intuí que le había pasado algo horrible. 

Leo en el periódico que el abogado defensor de unos neonazis que propinaron una brutal paliza a un indigente, dijo tan tranquilo que los mendigos “no son personas”. Por lo menos, el Colegio de Abogados de Madrid ha anunciado que actuará de oficio contra el abogado nonagenario y fascista defensor de lo indefendible, y que ha convertido este juicio en un alegato del pensamiento neonazi. 

Ese desprecio del que tiene la vida asegurada es característico de los que se creen protegidos por Dios porque disfrutan de una buena situación económica. Esta idea tiene su origen en el Puritanismo y el Calvinismo: Esa teoría cruel de pensar que si te va mal en la vida, es porque te lo has ganado, ignorando que ésta es una sociedad muy injusta, que no reparte a todos las mismas cartas en la línea de salida.  

Las pintas que lleves pueden determinar que te dejen entrar o no en el establecimiento alimentario. A veces, sólo a veces, echo de menos cuando vivía en Madrid. Te podías poner un pijama, un abrigo encima y trasladarte al otro extremo de la ciudad sin ser advertido. Una vez me puse una peluca azul y me metí en el metro. Sentía curiosidad por testar la reacción de la gente. ¿Creen que alguien notó nada extraño? Pues no. 

En el súper, a menudo puedo ver las miradas de desprecio y preocupación (incluso nada discretas llamadas a los servicios de seguridad) cuando el indigente sólo compra un litro de vino tetra-brick (a las 9 de la mañana) y una barra de pan. Paga con lo que acaba de recoger en la calle, en su sombrero. Y es entonces cuando te molestas muchísimo con la maldad y la falta de empatía humanas. 

Qué sabemos qué le pasó a ese hombre. De dónde viene, qué recursos físicos, intelectuales, emocionales, tenía por nacimiento para enfrentarse a una situación como la pobreza. Hay gente que nace en guetos, económicos, sociales, por raza o procedencia. Eso es lo que deberían entender “los blancos Wasp” aposentados en su acomodada vida. 

Yo creo que a todos nos asusta la pobreza, más en estos tiempos, o el advenimiento de alguna desgracia (más proclive en estos tiempos). Y ese mismo miedo, ese terror a la miseria propia, es lo que nos aleja de comprender la miseria de los demás. No queremos ver la pobreza, la enfermedad, la muerte, sin saber que todas estas cosas nos acompañarán toda la vida y que consolar a una vecina que se le acaba de morir el marido es lo mejor que puedes hacer en esta vida. No hablar de la muerte es una losa muy dura en esta sociedad. Incluso lo veo insano. En otras culturas, como en la India, todos se visten de blanco en los funerales, y la ceremonia de despedida se convierte en algo alegre porque todos le desean al fallecido una vida próspera y feliz en el otro lado.  

En el súper también, una vez vi el dolor en los ojos y la cara de una mujer muy humildemente vestida. Ella se sintió “traicionada” porque yo había descubierto su dolor, supe en ese mismo instante que a esa mujer le había pasado algo. Pero ella no buscó consuelo en mí, como me habría gustado, sino que huyó, fastidiada, porque la había descubierto. 

Pero hasta los tristes de corazón van a comprar comida, algo que deberían tener en cuenta las perfectamente maquilladas cajeras de Mercadona. Que esa clienta que viene toda la vida vive y ama, y gana y pierde, y simplemente ese día sólo se puede poner una especie de pijama para ir a comprar. No la critiques con la mirada, y haz tu trabajo. Espera. Puede ser que dentro de un año, o dos, esa misma mujer aparezca esplendorosa y se sitúe en tu línea de caja dispuesta a pagar con una sonrisa de oreja a oreja. Nadie sabe el futuro de nadie. 

Hoy, en el ascensor, hago la gracia y le digo a mi compañera de transporte: “Hala, ya te has comprado la fregona, qué, a limpiar” y la chica me cuenta en dos segundos toda su vida. “Tú verás, trabajo hasta sábado al mediodía, los sábados por la tarde me toca ir a comprar y limpiar, y eso que no tengo hijos”. 

Cómo somos las escritoras, qué cotillas, nos encanta que la gente nos cuente su vida. Aquí estamos todos igual: A la lucha

¿Y tú? ¿Qué clase de persona eres? Si no eres de la clase de persona que le da un cigarrillo a un indigente cuando te lo pide, piénsatelo dos veces. 


3 comentarios:

JOSE ANTONIO MERA-ESPIÑO

Muy bueno, la cajera también podría pensar que pasado mañana no tiene para maquillarse.

Carmen

Touché. Eso es, ninguno sabemos cómo nos las tenemos que ver, así que me parece de ineptos ir despreciando al personal.

ana

En la mayoría de los casos la ignorancia es algo superable. No sabemos porque no queremos saber.

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