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Violette


La letra V


Mi primer amor se llamaba Alfred, así que le puse a mi hija Violette para controlar todo el abecedario. 

A lo largo de la vida he conocido a muchos adoradores del alfabeto, se ve que somos una gran tribu. Descubro recientemente a otro apasionado del abecedario que añadir a esta especial lista de amantes: Juan José Millás cuenta que su padre adoraba esa secuencia de letras ordenadas que son la base primigenia del lenguaje. El amor por el abecedario sólo se puede comparar con el amor a las palabras.  

Las letras, las consonantes, su sonoridad, te llevan a elegir el nombre de un personaje. Piensas: qué nombre le calzaría como un guante a ese secundario que está creciendo sin hacerte caso, que tú le decías: “eh, cariño, tú eres pequeño”, pero sabes que está ganando la batalla y al final se va a comer la novela con patatas, lo quieras o no. 

En realidad es algo intuitivo, porque hay que saber esperar ese nombre. Generalmente el personaje te dice “me llamo así” y siempre es una revelación. Un relato que escribí a los 9 años, pues yo sabía que el nombre de la niña protagonista, (que tenía que robarle una llave de oro a una bruja que vivía muy lejos, más allá de cordilleras y montañas del mundo conocido, y mientras tanto despreciaba cuantos príncipes azules se encontraba en el camino), comenzaba por P. Al final el cuento se llamó “Pat y la llave de oro“. El nombre de Pat era el de la vieja cocina de hierro de la familia de Laura Ingalls en La casa de la Pradera. Las brujas tienen mucho predicamento en todos los cuentos, y ahora en Inglaterra triunfa una canción del Mago de Oz que se llama “La bruja ha muerto”, después del fallecimiento de Margaret Thatcher. ;)

Cocina de hierro forjado


Veo un reportaje sobre los judíos en Repor TV y me asombro de las coincidencias. De niña, en el pueblo, un altavoz situado en lo alto del campanario de la iglesia informaba detalladamente a los vecinos de los que habían pasado a mejor vida. Los judíos también lo hacen, pero sus altavoces están montados en vehículos y pasean por el barrio de la ciudad informando del deceso. Creen firmemente que el alma está separada del cuerpo y que ésta sólo se junta con nuestra carne cuando nos casamos. Creen que la mujer es impura durante la menstruación, no mantienen relaciones sexuales en ese período y una de las mujeres del reportaje decía “es el único tiempo en el que te conviertes en amigo del otro“.  

Hoy me encuentro dos mujeres muy distintas en su forma de enfocar la vida. La mujer que se queja lastimosamente en el quiosco, porque no tiene tiempo para ir a comprar el periódico todos los días. Trabaja en una guardería y se escapa a comprarlo cuando los niños comen, porque está haciendo un coleccionable de cuadernillos culturales. Por otro lado, me encuentro a la vecina tonta y omnipresente que lleva plegada la bolsa del Mercadona en la mano, y la luce ostentosamente como si fuera una billetera de Hermés, y a la que jamás he visto en ningún quiosco en busca de lectura, mucho menos en una librería. 

Las mujeres nos balanceamos en este difícil equilibrio entre vida privada y profesional. No quieres quitar tiempo a tus hijos, pero tampoco quieres quitar tiempo a tu trabajo. Y al final sientes que lo tienes todo a medias, la educación de tus  hijos y también el trabajo. Vas de una habitación a otra con la intención de hacer algo, pero en el comedor está tu vástago informándote de las últimas novedades de todo (series de TV, Pokemon, juegos de ordenador y consola, libros que está leyendo) y llegas a la otra habitación y se te olvida lo que buscabas. Y tienes que volver sobre tus pasos a recoger la idea que parece llega a la mente mágicamente allí justo donde la tenías olvidada. Eso sí, la orgullosa propietaria de la billetera de Mercadona-Hermés tiene una frase que pasará a la historia en la vida de todas las madres: “Para qué me regalas la crema de 60 euros, Manolo, si tengo cuatro críos y nunca tengo tiempo de ponérmela“.  Equilicuá. 

Os dejo con el trailer de una película que me ha fascinado, Carmina o revienta, del director Paco León. Sobre todo me ha fascinado el hecho de saber que esta película se rodó con dos cámaras de fotos en sólo 9 días. Y el resultado es excelente, conmueve, y eso es arte, que se te revuelva algo por dentro cuando estás en el cine y salgas de él renovado y algo más feliz. Quizás pensativo, ligero. 

Feliz fin de semana. 


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