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Yo soy el amor



Rebusco en mi disco duro películas para ver, y decido ver Yo soy el amor,  por el maravilloso título, por supuesto,  y por Tilda Swinton, la actriz protagonista, sin conocer previamente al director. Pero experimento tanta magia viéndola que lo busco y aprendo quién es: Luca  Guadagnino, un joven cineasta de 40 años, al que algunos consideran el Visconti del siglo XXI. 

Me atrapa Yo soy el amor desde los primeros fotogramas, porque desde el principio la protagonista, una madre de familia acomodada, - la familia Recchi - , prepara una gran cena para toda la familia, ayudada por su ama de llaves, una segunda madre para sus hijos, una “amiga” que vive con ella, y el resto de las sirvientas. Esta preparación resulta ser de tanta belleza que me engancha: la delicada porcelana de la vajilla, el proceso de preparar la enorme mesa familiar; cómo la comida descansa en la gran mesa de la cocina hasta que llegan los invitados. 

Hace un tiempo, algunos lectores de mi primera novela me señalaron que durante muchas páginas “no pasaba nada”. Viendo esta película, me doy cuenta que “el que no pase nada” puede ser absolutamente delicioso y revelador, aunque ni mucho menos me quiero comparar yo en mi discurso con el de Luca Guadagnino. Mediante la preparación del banquete, el director nos da la ocasión de ir conociendo a la protagonista, de formas pausadas y de saber que la cena es especial, que la familia tiene algo importante que celebrar. 

Precisamente todo este paisaje de simple descripción hace que el espectador llegue un momento en el que se pregunte: “¿Qué se está cociendo aquí, pero por debajo, y hasta ahora no hemos podido ver?”. 

El que no pase nada revela el verdadero conflicto de la película: no hay amor en el matrimonio, y las relaciones entre familiares son frías, aunque todos se quieren “de forma comedida“. 


Y cuando pasa algo, la historia se apropia de esa nueva situación sin que el corazón de nosotros, los espectadores, pegue un vuelco. Aceptando la novedad con total naturalidad. 

La protagonista, en cuanto se rebela a su destino natural, una vida de burguesa sin amor, recibe el mismo tipo de frases por parte de su hijo y su marido: “Tú no eres nadie”. Y en dos segundos le ves la cara al desagradecimiento. Porque ella lo ha dado todo por ellos, renunciando a ser ella misma durante más de 30 años, atendiendo las formalidades y la falta de expresiones de afecto de una familia de clase alta milanesa. 

La cocina es el hilo conductor de la película, una cocina que despierta emociones, donde la protagonista se refugia y siente el placer que no experimenta con su marido. 

No hay que decir la palabra feliz porque uno se pone melancólico, dice la hija que sale del armario y que aplaude la valentía de su madre cuando conoce a Antonio, un amigo de su hijo, con el que por fin encuentra el amor. 

Hay una sopa de cítricos que es clave en la película, y será la causante directa de la tragedia familiar. Termina la historia y te preguntas por qué este tipo de obras cinematográficas no va acompañado con el menú de los platos en los créditos. Parece como si uno necesitara cocinar esos platos para comprender mejor los sentimientos y las emociones de los personajes en cada instante preciso. 

Un saludo a todos en este verano plácido. Hasta pronto.  


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